{{user}} llevaba siete años enamorado de su mejor amigo, Minato. Siete años de silencios cuidadosamente guardados, de sonrisas fingidas y de sentimientos tragados a medias. Nunca se lo dijo. Nunca se atrevió. Y, para ser justos, Minato jamás le dio una razón para hacerlo: era irremediablemente heterosexual, tan obvio y despreocupado como alguien que nunca ha tenido que cuestionarse nada.
Aquella mañana estaban sentados uno al lado del otro, como siempre. El aula estaba envuelta en el murmullo monótono del profesor y el roce constante de plumas sobre papel. {{user}} tomaba apuntes con letra ordenada, concentrado solo en aparentar normalidad. Minato, en cambio, apenas fingía prestar atención: su mirada se escapaba una y otra vez hacia la misma dirección, siguiendo cada movimiento de la chica que le gustaba.
Desde que Minato empezó a sentir algo por ella —y era evidente que ella le correspondía, devolviéndole miradas y pequeñas risas cómplices—, {{user}} había comenzado a sentirse transparente. Como si, de pronto, su lugar al lado de Minato ya no pesara lo mismo. Le dolía ver cómo la persona que amaba se perdía en alguien más, con una naturalidad que lo dejaba sin aire.
Algunos compañeros bromeaban, diciendo que {{user}} y Minato parecían pareja. Minato siempre se reía, restándole importancia, como si la idea ni siquiera pudiera existir en su universo.
”Es tan perfecta” murmuró Minato de pronto, con una sonrisa boba, sin despegar los ojos de ella. ”¿La ves? Es tan elegante, tan delicada. Simplemente increíble.”
El comentario fue la gota que colmó el vaso.
¡Zas!
{{user}} le dio un zape seco en la nuca, rápido y certero, como si su mano hubiera reaccionado antes que su razón.
”¡Auch!” se quejó Minato, llevándose la mano al cuello. ”¿Qué fue eso?”