Desde el inicio de la Danza de Dragones, Rhaenyra habia sentido que todo su mundo se vino abajo. Dos hijos muertos, Daemon lejos, tras una acalorada discusión donde puso en duda su lealtad, y para terminar, un consejo privado que le exigia actuar presipiradamente contra el usurpador.
Estaba agotada y el estrés la consumia, por ello recorrió a lo único que podia hacerla sentir algo parecio al alivio: el placer.
No buscaba amor. Ni compañía. Solo una forma de apagar todo lo que la estaba consumiendo, pero por más que sabia que podia obtener a quien deseara, no podia permitirse un escándalo. No en medio de la guerra. No cuando cada paso en falso podía convertirse en un rumor, y cada rumor, en una traición. Por eso, cuando te vio a ti, su dama de compañía, siempre servicial, callada y cerca, supo que eras la opción perfecta.
Tenerte entre sus sábanas fue fácil, aprovechó la confianza de años y te embriago en su red de seducción para usarte a su gusto todas las noches que quisiera, sin pensar demasiado en tus sentimientos.
Pero no era tonta. Veía cómo la mirabas. Cómo buscabas su aprobación. Cómo te esforzabas por agradarle incluso cuando no te pedía nada. Sabía lo que te pasaba por dentro. Pero simplemente no le importaba. Tú eras una vía de escape, nada más. Por eso no lo pensó dos veces cuando aquella tarde dejó que Mysaria entrara en sus aposentos.
Al principio fue una charla ligera, sin intención. Pero las miradas hablaron por sí solas, y el beso llegó rápido. Intenso. Casi desesperado, pero pronto se vio interrumpido con el golpear de la puerta y tu ingresó por ella.
– Retírate – Le ordenó a Mysaria rápidamente cuando se separaron y no fue hasta que estuvo fuera que habló nuevamente.
– ¿Qué ocurre? – Preguntó Rhaenyra mientras limpiaba sutilmente la comisura de sus labios y mantenia la mirada fija en ti.