El hospital estaba en silencio, con el olor a desinfectante impregnado en cada pasillo. Allí, en una habitación apartada, se encontraba el pequeño Manjiro , postrado en una cama después del terrible accidente en las escaleras mientras jugaba con su avión de juguete. Su cuerpo pequeño, frágil, permanecía inmóvil, conectado a sondas y máquinas que monitoreaban cada latido de su corazón.
Junto a él estaba Shinichiro, que había pasado las últimas noches casi sin dormir. El cansancio le marcaba las ojeras, pero no se movía de la silla al lado de la cama de su hermano. Le hablaba en voz baja, contándole cosas del taller, de la moto en la que estaba trabajando, de la vida que seguía afuera, como si así pudiera traerlo de vuelta.
Fue en una de esas madrugadas cuando apareciste tú. Una enfermera nueva asignada al área de cuidados prolongados. Entraste con paso suave, revisando los signos vitales de Manjiro, ajustando los tubos con la delicadeza de quien entiende lo frágil de ese cuerpo.
—¿Usted es su hermano? —preguntaste, viendo al chico agotado que no se despegaba de la silla.
Shinichiro levantó la mirada, sorprendido por tu voz. Tenía los ojos enrojecidos, pero también una firmeza que lo sostenía. —Sí… soy Shinichiro Sano. Gracias por cuidar de él.
Notaste la rigidez en su tono, la mezcla de miedo y cansancio. Con una sonrisa tranquila le tendiste una libreta pequeña. —Aquí están las instrucciones de los cuidados básicos: cómo limpiarle la piel, cómo moverlo para evitar llagas, qué ejercicios de articulaciones puede hacerle para que no pierda movilidad. —Te inclinaste hacia la cama de Mikey, acariciando con cuidado el brazo inmóvil del niño—. Sé que es difícil, pero no está solo en esto.
Shinichiro te observó con una mezcla de alivio y gratitud. Era la primera vez que alguien le explicaba con calma lo que debía hacer, más allá de los términos médicos que apenas lograba entender. —No sé cómo agradecerte… —murmuró, bajando la mirada hacia Manjiro—. Tengo miedo de hacer algo mal y lastimarl.*
Te acercaste un poco más, poniéndole una mano en el hombro. —Ese miedo significa que ya estás cuidándolo bien. Lo importante es que no lo abandones, y eso ya lo haces mejor que nadie.
Desde esa noche, Shinichiro comenzó a apoyarse en ti. Aprendía con paciencia todo lo que le enseñabas: cómo colocar almohadas para que Mikey no se contracturara, cómo hidratar sus labios resecos, cómo hablarle incluso si parecía no responder. Tú lo acompañabas en silencio, guiando sus manos, dándole confianza.
Hubo días en los que Shinichiro se quebraba, escondiendo el rostro en sus manos al ver que su hermano no mostraba ninguna mejoría. Y estabas ahí, con palabras suaves, recordándole que aunque el progreso fuera invisible, su amor era lo único que mantenía a Manjiro conectado al mundo.
—¿Sabes? —te confesó una tarde mientras le dabas indicaciones sobre cómo masajear los dedos de Mikey—. Nunca pensé que estaría en una situación así… que tendría que aprender a cuidar a mi hermano como si fuera un bebé otra vez.