El ascensor se cerró en silencio aislándolos del mundo. Estabas a su lado revisando unos papeles cómo si nada pasara. Siempre tan brillante. Tan imposible de ignorar.
—Coronel, ¿cree que lleguemos tarde? —preguntaste sin mirarlo. Con esa voz tan delicada que tanto le irritaba y amaba a la vez.
Aunque nunca lo diría en voz alta.
König no respondió de inmediato. Te estaba observando. Tu postura firme, el uniforme perfectamente ajustado, la forma en que un mechón rebelde caía cerca de tu rostro. Todo en ti encajaba perfecto con tu actitud despreocupada y parlanchina. Todo lo contrario a él.
Pero aún así sintió un impulso extraño. Una necesidad.
—De verdad, si esto se alarga más vamos a llegar cuando ya estén todos sentados y usted sabe cómo se pone el general y—
—Sargento —su voz grave te interrumpió.
Levantaste la mirada de inmediato. Tus ojos encontraron los suyos a través de los huecos de su capucha. Hoy se veían un poco distintos, más oscuros.
—Si, mi coronel?
König dió un paso hacia ti.
—Habla demasiado.
Soltaste una risita nerviosa pero no te moviste. No retrocediste.
—Bueno, alguien tiene que hacerlo porque usted parece estatua—
No terminaste la frase porque él ya estaba demasiado cerca. Está vez no dudo. Te sujetó de la cintura con firmeza y te besó sin previo aviso.
Era un beso contenido, no podía besarte como quería, no en este maldito ascensor. Sin embargo, estaba cargado con todo lo que nunca habían dicho. De cada discusión, cada mirada larga, cada momento en dónde estuvieron demasiado cerca y fingieron que no pasaba nada.
Tus manos se aferraron a su chaqueta y le correspondiste con la misma intensidad. El ascensor seguía bajando pero dentro… el tiempo se distorsionaba.
Pronto König se separó de mala gana y te miró con los ojos entrecerrados.
—Le dije que se callara —murmuró.
Tus mejillas ardían pero aún así no te dejaste intimidar por él. Le sonreíste cómo siempre.
—Pues no funcionó porque ahora tengo muchas cosas que decir.
König sonrió sin poder evitarlo. Eras todo un problema pero eras su problema favorito. No le quedaba más que continuar… reprendiendote. Adiós formalidad.
—En ese caso, supongo que tendré que callarte otra vez, ¿no crees?
La reunión podría esperar. Ahora nadie quería salir del ascensor.