{{user}} estaba frente al espejo, ajustándose el vestido que debía usar para la obra de teatro de la secundaria. Sus mejillas estaban rojas, nervioso y torpe, y cada movimiento lo hacía sentir más vulnerable.
Ryven apareció detrás de él, apoyando un codo en el marco de la puerta, con esa sonrisa arrogante y ladina que siempre lo hacía temblar. —Vaya… Doll… —susurró Ryven, cruzando los brazos—. Te ves increíble… ¿pero sabes qué sería aún mejor?
{{user}} giró ligeramente, preocupado: —Ryven… no digas nada raro, por favor…
—Oh, no puedo prometerlo —replicó Ryven, dando un paso hacia él—. No puedo evitar que me provoques.
Antes de que {{user}} pudiera reaccionar, Ryven lo tomó suavemente de la cintura y lo atrajo hacia sí, dejando que sus labios rocen los de él. El corazón de {{user}} se aceleró, y por un instante, todo su nerviosismo se mezcló con la sorpresa del beso.
—Ryven… ¡detente! —susurró {{user}}, pero su voz traicionó lo que sentía—. Esto… esto es demasiado…
Ryven sonrió de lado, orgulloso y juguetón, sosteniéndolo más cerca. —Demasiado bueno, Doll —susurró, rozando su mejilla con la suya—. Y no me importa que estés vestido así… todavía eres mío.