El aire olía a pólvora. El rugido de los disparos llenaba el ambiente, y el eco metálico de las balas hacía vibrar el concreto. Estabas agachada detrás de una pared, el rifle apretado contra tu hombro.
Keegan estaba a tu lado, el rostro cubierto por el pasamontañas, los ojos fijos en la línea enemiga. Esa mirada fría y concentrada que conocías tan bien… y que anoche se había vuelto fuego sobre tu piel.
—Prepárate — dijo con voz grave, cargando el arma. Luego se inclinó hacia ti, lo bastante cerca como para sentirlo rozar tu oído. —Quiero que hagas el mismo movimiento que me enseñaste anoche.
En ese instante, tu mente se llenó de imágenes: su cuerpo sobre el tuyo, la forma en que te tomó, el movimiento al que se refería... o eso creíste. Sentiste un calor subir por todo tu rostro.
—¿Aquí… frente a los demás? — susurraste, apenas audible entre el ruido.
Él se giró hacia ti, sin entender al principio. Un segundo después, lo viste detenerse, y esa sonrisa ladeada —la que casi nunca mostraba— se formó bajo el pasamontañas, apenas perceptible por el brillo travieso de sus ojos.
—Me gustó lo que hiciste en la cama, cariño — dijo con un tono bajo. —Pero hablo del entrenamiento.
—Ahh… sí, eso… — murmuraste, desviando la mirada, fingiendo revisar el cargador del arma.
Keegan soltó una risa corta, ronca, y se asomó apenas para disparar dos veces antes de volver a cubrirse contigo. —Concéntrate — susurró cerca de tu oído. —Si sobrevivimos, te dejo enseñarme otro movimiento esta noche.