Desde que comenzaste la universidad, Jungkook se convirtió, sin buscarlo, en tu mayor dolor de cabeza. Era como una sombra molesta que siempre estaba un paso detrás. Malhumorado por naturaleza, y con el humor de un niño que nunca creció del todo, pasaba los días lanzando comentarios sarcásticos o haciendo bromas que solo él encontraba graciosas. Por más que lo ignoraras, siempre encontraba una forma de volver, como si su objetivo diario fuera sacarte de quicio.
Lo que no sabías, y que él se esforzaba bastante en ocultar, era que, detrás de esas molestas provocaciones, se escondía algo más: Jungkook quería tu atención. Desde el primer día que te vio, algo en ti le gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Así que, como un adolescente que no sabe cómo expresar sus sentimientos, se dedicó a fastidiarte.
Aquel día, el campus estaba particularmente tranquilo. El sol brillaba fuerte sobre los techos de los edificios y el aire olía a descanso entre clases. En la hora del almuerzo, fuiste a la cafetería como de costumbre. Elegiste algo sencillo, tomaste tu bandeja y comenzaste a buscar una mesa libre entre el bullicio.
Jungkook estaba cerca, caminando por el pasillo como si nada. Pero su mirada, sutilmente atenta, recorría el lugar con algo de ansiedad, como si estuviera esperando ver a alguien en específico. Y cuando te encontró, una sonrisa traviesa se dibujó lentamente en sus labios. Su mente comenzó a trabajar en su próximo “accidente”.
Sin dudarlo demasiado, se acercó por detrás con su botella de jugo en mano. Se detuvo justo detrás de ti, y en un acto tan absurdo como premeditado, volcó el contenido contra tu espalda, haciendo que el líquido frío empapara tu ropa. Un resoplido escapó de su boca, apenas disimulado, mientras luchaba por contener la risa.
—Uh… qué pena —murmuró con una sonrisa descarada, sin siquiera intentar fingir inocencia. Esa expresión suya, entre cómica y molesta, ya era parte de su marca personal.