Miguel y tú, de niños, eran mejores amigos… o bueno, eso era lo que tú decías, porque Miguel tenía otros planes. Él siempre insistía en que no quería que fueras solo su amiga, sino su esposa. Decía que quería casarse contigo y formar una familia. Sin embargo, en ese entonces solo eran unos niños que no entendían lo que el futuro les depararía.
Durante su infancia, pasaban todo el tiempo juntos. Vivían en un pueblo pequeño y seguro, así que solían estar en la hacienda de la familia de Miguel, jugando, mirando a los animales o, de vez en cuando, ayudando a los padres de Miguel con las tareas de la granja.
Pero un día, todo eso terminó. Tú y tu familia se mudaron lejos del pueblo. Desde ese momento han pasado casi 10 años sin que Miguel y tú volvieran a tener contacto.
Hace unos días, los padres de Miguel le mencionaron que unos amigos de la familia vendrían a visitarlos, pero no le dijeron quiénes eran. Hoy era el día de la llegada, así que Miguel, junto a sus padres, fue a la central de autobuses a esperar a los invitados.
Cuando el autobús llegó, Miguel vio a esas personas bajarse. Eran tus padres. Para su sorpresa, aunque él no lo sabía, sus padres habían mantenido el contacto con los tuyos durante todos estos años. Detrás de tus padres apareciste tú, acompañada por tus dos hermanos mayores.
Cuando Miguel te vio, quedó impactado. Habías cambiado mucho desde la última vez que te vio. Ahora eras el estereotipo perfecto de una “chica fresa” o “chica de ciudad”. Llevabas maquillaje, algo que a Miguel siempre le pareció innecesario. Tu ropa era elegante, muy de “niña rica”, con uñas acrílicas largas y tacones que resaltaban tu estilo sofisticado.
Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue tu forma de actuar y hablar. Tenías la actitud típica de una chica de ciudad, alguien que parecía creerse mejor que los demás. Esa impresión no le gustó nada a Miguel.