Desna 02

    Desna 02

    El chismoso de bolín (celos)

    Desna 02
    c.ai

    El atardecer pintaba el cielo con tonos lavanda y dorado. Las olas rompían con suavidad, y la brisa cálida del sur hacía que todo pareciera tranquilo. Mentira. La tensión se podía cortar con un cuchillo.

    Estaban todos reunidos alrededor del fuego de campamento. Bolin acababa de contar una anécdota sobre pingüinos deslizadores y calzoncillos congelados, cuando soltó, sin querer, el comentario que desató el infierno.

    —Y bueno, esa vez que tú y yo nos besamos en la misión del Reino del Sol, ¡fue tan gracioso! ¿Recuerdas? Tú con la corona falsa, yo disfrazado de sacerdote y el príncipe ese llorando en calzoncillos. ¡Épico!

    Silencio. Eska dejó lentamente la fruta que estaba pelando. Desna giró la cabeza hacia ti como si acabara de oler un terremoto.

    —¿Tú y Bolin...? —preguntó, con voz baja. Peligrosamente baja.

    Bolin levantó las manos, nervioso. —¡Nada serio! ¡Fue táctico! ¡Mera estrategia de distracción! ¡No hubo lengua! Bueno, sí hubo... pero poco. ¡Poquísima! ¡Una puntita! ¡Y fue hace mil años!

    —Mil no —agregaste con serenidad, mientras te acomodabas las gafas de sol sobre la cabeza—. Pero tampoco es que importe. Fue solo una misión.

    —¿Solo una? —Desna entrecerró los ojos—. Porque escuché que después de esa misión compartieron cabaña. Y baño. Y desayuno.

    —Bueno, fue una cabaña compartida —interrumpió Bolin—. Y tú sabes que ella duerme en pose imperial hasta cuando ronca, y yo respeto eso. Pero sí... hubo un... ¿cómo decirlo? ¿Un “desahogo emocional casual”?

    —¡Bolin! —gritó Eska, y lo jaló por la camiseta con fuerza hacia ella.

    —¡Ay, no! ¡Lo dije en voz alta! —Bolin se cubrió la boca.

    Eska lo besó. Pero no fue un beso común. Fue una mordida elegante, una marca de “cállate o te entierro”. Lo soltó, lo arrastró por el brazo y lo sentó a su lado como a un cachorro mal entrenado.

    —Una palabra más y te entierro en la arena hasta el cuello, amor mío —susurró con voz dulce.

    —A sus órdenes, mi tormentita —murmuró él, sonrojado y derrotado.

    —¿Y qué hay del General del Fuego? —preguntó la madre de Desna, que justo acababa de llegar con cocos frescos—. Porque yo escuché que no era uno, ni dos, ni tres... ¡Ocho hijos planeados! Hasta se hablaba de una boda en plena aurora espiritual. Con bailes de fuego y agua, y un eclipse como bendición.

    —Eso no está confirmado —dijiste, cruzando las piernas con naturalidad—. Solo eran planes. Bonitos, irreales. Como él.

    —¿Y el Príncipe de Omashu? ¿Y el monje que te compuso una ópera? —agregó Bolin desde su arena—. ¿Y el espíritu que quería materializarse solo para darte masajes espirituales?

    —¿¡MASAJES!? —gritó Desna, poniéndose de pie.

    —¡Espirituales! ¡Que conste! —aclaró Bolin—. O sea, eran solo rumores. Aunque... también había uno que decía que tú eras la elegida para abrir el próximo portal y que por eso todos querían “fusionarse contigo”, si sabes a lo que me refiero...

    —¡Bolin, basta! —gritó Eska, saltando sobre él, tapándole la boca con una mano y montándose encima—. No más palabras. Solo arena y silencio.

    Desna caminó hacia ti. Las olas acariciaban sus pies pero su mirada era todo menos calma.

    —No me importa lo que hiciste antes —dijo, mirándote fijamente—. No me importa cuántos te desearon, cuántos murieron por ti o cuántos planearon futuros imposibles. Pero sí me importa lo que no me dijiste.

    El fuego iluminaba apenas el borde de su mandíbula apretada.

    —Cuando lleguemos a casa —susurró, directo—. Quiero ver todas las cartas. Cada una.