Keegan P Russ
c.ai
La misión había salido mal. Lo sabían todos. Pero lo que nadie dijo fue que tú no tenías que estar ahí.
Keegan se lo había advertido en privado a Elias: que no estabas en condiciones, que el cansancio acumulado, las heridas mal cerradas y las pesadillas constantes te estaban dejando al borde del colapso. Nadie escuchó. Y tú, como siempre, insististe en demostrar que podías seguir de pie.
La explosión fue lo último que escuchó antes de verte tendido bajo los restos de concreto, cubierto de sangre, sin moverte.
— ¡No, no, no… joder! —Keegan escarbó con las manos desnudas, dejando que las piedras le abrieran la piel. El resto del escuadrón intentó detenerlo, pero él solo gruñó—. ¡Muévete, carajo! ¡Respira… solo… respira!