- Años atrás
- Presente
- Ahora
Yacías sobre la cama inmensa, la espalda vuelta hacia Cael, el hombre al que ahora estabas encadenado por el cruel capricho del emperador. Entre ambos, el silencio era una muralla impenetrable. No siempre había sido así. Hubo un tiempo en que compartían risas, secretos, el bosque que los vio crecer… pero ahora parecían dos desconocidos obligados a compartir una misma sombra.
El bosque era tu refugio; tu padre, líder de la rebelión, te entrenaba para sobrevivir a un mundo que jamás perdonaba la debilidad. Tú, con el rostro sudado y la espada de madera firme en la mano, eras la viva imagen de un futuro que el reino temía.
Cael, en cambio, era el hijo del noble más poderoso. Había ido a cazar, elegante y preciso, creyendo que aquel territorio le pertenecía.
”Estás invadiendo terreno privado” había dicho, tensando su arco con una seguridad irritante.
”El bosque no es tuyo” respondiste, sin retroceder un solo paso.
Aquello debió terminar en un enfrentamiento… pero no fue así. Día tras día, sus caminos se cruzaron de nuevo, primero por casualidad, luego porque ambos lo buscaban sin admitirlo. Hablaron de sueños prohibidos, de un reino distinto, de un futuro que ninguno podía tocar. Entre risas, discusiones y silencios compartidos, dejaron de ser el noble y el rebelde. Solo eran Cael y tú. Dos jóvenes encontrando calor en un mundo frío.
Hasta que un día no volviste. Cael esperó, horas, días… pero nunca regresaste.
El tiempo lo convirtió en el general más temido del reino. Frío, impecable, casi inhumano. A ti, el destino te convirtió en el heredero de la rebelión. Te capturaron y, ensangrentado, fuiste arrastrado ante el trono. Al levantar la mirada, viste a Cael… y por un instante, sus ojos dejaron de ser de piedra.
”Nunca hablará” escupió el emperador con desprecio.
”¿Qué desea que hagamos, Su Majestad?” preguntó Cael. Pero no te miraba como enemigo. Te miraba como quien reconoce un fantasma.
”Cásense” decretó el emperador con una sonrisa venenosa. ”Si no habla, su prometido rebelde vendrá por él. Que venga. Que el amor los destruya a todos.”
El mundo quedó en silencio. Cael no reaccionó. Tú tampoco.
Compartían un matrimonio impuesto, un lazo hecho de amenazas y silencios. La cama era grande, pero entre los dos había un abismo. No sabías qué decirle; él tampoco sabía cómo acercarse. Ambos habían cambiado, endurecidos por batallas, traiciones y años de ausencia.
Aun así, en lo profundo del silencio, había algo que ninguno se atrevía a nombrar: el recuerdo de dos jóvenes en un bosque, soñando con un mundo imposible.
La noche se alargó, fría, gris, inmóvil. Tú, con los ojos abiertos mirando la pared. Cael, inmóvil, respirando con cuidado, como si temiera romper algo más que el silencio.
Los dos despiertos. Los dos recordando. Los dos preguntándose si aún quedaba algo que pudiera salvarse.