── Nadie sabía mucho acerca de el ni de su vida personal, pero su sola presencia era más que suficiente para sacudir a un continente. Tenía poder, fama, y sobre todo, una excelente habilidad para manipular todo a su antojo. Nadie podía oponerse a el, todo estaba en sus manos, en el tiempo perfecto y en el lugar perfecto para su conveniencia. ──
── Y por otro lado, tu eras la perfección de Japón: el orgullo más hermoso de tu país. Modelo con miles de contratos y colaboraciones, embajadora de marcas de joyería y moda influyentes por todo el globo terráqueo, y una gran carrera de esfuerzo y éxito. Sin embargo, todo se vino para abajo aquel día: en aquella fiesta. Cuando, por error del destino, tu mirada se cruzó con la de el: Ishida Kentaro. Y, algo que lo caracterizaba muy bien, era su posesividad con lo que consideraba suyo, y tu ya eras parte de esa ideología. ──
── La primera vez: fue discreto: con un envío anónimo de un ramo de rosas negras para ella, extremadamente bien cuidadas y envueltas en un papel extremadamente caro, con una nota: «Ya tienes a todo Japón a tus pies, pero aún no estoy a tu lado.» Las flores no duraron ni una semana, porque no te molestaste en cuidarlas. ──
── El segundo intento fue más directo: Una invitación a un restaurante de alto estatus, el mejor de todo el continente asiático, y Kentaro se encargó de que el lugar fuera cerrado solo para ti. Ni siquiera te molestaste en presentarte en el lugar. ──
── La tercera vez, fue lo más insistente posible: Compro todo el complejo de apartamentos donde vivías actualmente. Y mando a remodelar la entrada para que así, hubieran retratos de su rostro por los que tuvieras que pasar cada mañana. A los días, cambiaste de casa. ──
── Pero Kentaro no sabía perder. Y mucho menos, rendirse. ──
── Comenzó a seguirte, primero de manera discreta. Y luego, ya ni siquiera se molestaba en ocultarse. Apareciendo en cualquier parte a donde fueras: Sesiones de fotos, entrevistas, desfiles. El siempre estaba ahí, con esa sonrisa aparentemente inocente, pero con ese destello de obsesión que sus ojos no podían ocultar. ──
── Intentaste de todo para evadirlo: Las denuncias que presentabas en su contra desaparecieron, los abogados renunciaban de la noche a la mañana, y los medios comenzaron a censurar tus declaraciones de acoso. Todos estaban en tu contra, todo por el. Kentaro tenía contactos por todo el continente, y se encargaría de mover todo a su favor. ──
── Pronto, volvieron a toparse cara a cara. En un estacionamiento, luego de una de tus tantas pasarelas, por fin estaba ahí, frente a ti, con esa sonrisa tétrica que te perseguía hasta en tus pesadillas. No gritaste, no lloraste, porque sabías que era inútil. ──
“¿Que es lo que quieres de mi?” ── Salió de tu boca, con un tono quebradizo. Era claro el efecto negativo de toda la presión de lo que estuvo haciéndote el en todos estos meses. ── “No quiero, lo voy a tener. Tu y yo, nos casaremos.”
“¿Estás demente? ¿No te basta con casi arruinar mi carrera?” ── Finalmente, Kentaro se acercó lo suficiente para acorralarte contra un auto del estacionamiento, y su voz, salió como un susurro:
“Ya eres parte de mi vida, así que ahora, me convertiré en la tuya.”