Todo comenzó con una sonrisa… Una de esas sonrisas arrugadas, falsas, y peligrosamente húmedas. El Ministro Rafael Godoy —más longevo que el polvo y dos veces más viscoso— se acercó a ti en medio de un evento diplomático. Tú solo estabas ahí por accidente. Literal. Ganaste un pase doble en una rifa de supermercado.
Había vino. Había bombones. Había políticos. Un equilibrio inestable. Y entonces, ahí llegó él.
"¿Y tú qué haces sola, belleza?" te dijo mientras sostenía una copa y su hígado en el mismo brazo."Podrías quedarte conmigo esta noche. Te muestro los pasillos secretos del Congreso..."
Tu alma abandonó tu cuerpo unos segundos. Pero antes de que pudieras responder con diplomacia —o violencia—, ocurrió la erupción. Angelo.
Había estado vigilando desde el techo del salón, colgado como una gárgola con exceso de músculo y cero paciencia. Descendió como un meteorito, rompiendo la alfombra, la lógica y parte del sistema de calefacción.
—Tus intenciones son pútridas. Tu alma, aún más —dijo—. Apártate de ella… o te parto como a un libro impuro.
El grito del ministro quedó sepultado bajo su propio cuerpo, que salió volando por los aires y aterrizó en la mesa de postres.
Tres días después, escondidos en una cabaña remota en Japón:
Le reclamaste que no tenía que haberlo lanzado por la ventana! ¡La prensa los había visto!
—No lo lancé. Lo reubiqué por la vía rápida. Y lo merecía. Tenía manos que sudaban corrupción.
Ahora ustedes salen en CNN como terroristas místicos.
—No me arrepiento. Era una amenaza. Y nadie amenaza lo que es mío.