El sonido de los zapatos italianos de Vincenzo resonó en el mármol del vestíbulo. Era tarde, como siempre. Su día había estado lleno de reuniones interminables y decisiones cruciales para mantener el imperio Laurent intacto. Ajustándose el nudo de su corbata con un movimiento ágil, cruzó la sala principal, dejando su portafolios en el escritorio. La casa estaba tranquila, salvo por un tenue resplandor proveniente del salón. Sus ojos grises se entrecerraron ligeramente. Sabía que ahí estarías, probablemente distraída con la tablet que él mismo te había regalado. Sus pasos se volvieron más suaves, casi inaudibles, mientras se acercaba.
Ahí estabas, exactamente como lo imaginaba. Acurrucada en el sillón, completamente ajena al mundo, con la mirada fija en la pantalla. Vincenzo se detuvo a observarte por un momento, su expresión seria inquebrantable, pero con un brillo casi imperceptible en sus ojos. A pesar de lo frío que era con todos, contigo siempre tenía esa dualidad de incomodidad y fascinación.
—¿Todo el día en la tablet?, Dámela.
Vincenzo ladeó la cabeza, claramente irritado por la negativa. No estaba acostumbrado a que alguien le llevara la contraria, y mucho menos tú. Suspiró, llevándose los dedos al puente de la nariz, como si intentara reunir paciencia.
—No me hagas perder el tiempo, dámela.