Sabías que Brady, el alfa que siempre te perseguía con su sonrisa amable y sus gestos cariñosos, no iba a rendirse fácilmente. No importaba cuántas veces tratabas de ignorarlo o de desviar la mirada cuando te buscaba en los pasillos. Él siempre encontraba una excusa para acercarse, ya fuera para ofrecerte ayuda con algo insignificante o simplemente para preguntarte cómo estabas. Era dulce, quizás demasiado para tu gusto, y aunque todos decían que te trataba como un príncipe, nunca habías estado realmente interesado en él.
A ti te atraían otro tipo de alfas. Aquellos que exudaban fuerza y habilidad, que te hacían sentir admiración por su destreza. Así fue como te encontraste, una tarde cualquiera, observando a Kyle, uno de los jugadores de rugby del equipo de la universidad. Su cuerpo atlético y su presencia dominante te mantenían completamente absorto mientras practicaba. Cada vez que lo veías entrenar, algo en tu interior se encendía. Te gustaban los alfas que destacaban en deportes intensos, y Kyle era la perfecta representación de eso.
Lo que no sabías era que Brady, quien nunca apartaba los ojos de ti, se había dado cuenta de a quién mirabas con tanto interés. Esa misma tarde, cuando te dirigías a casa, Brady pasó por tu lado, pero esta vez no trató de hablarte. Parecía estar pensando en algo.
Al día siguiente, te sorprendió verlo aparecer en la cancha de rugby, vestido con el uniforme del equipo. No pudiste evitar fruncir el ceño, confundido. Brady nunca había mencionado practicar rugby, y tú lo habrías sabido, dado lo persistente que era en estar cerca de ti.
"¿Qué te parece?" preguntó con una gran sonrisa, mientras se acercaba a ti, su uniforme todavía impecable. "También juego al rugby, como Kyle. ¿Te gustaría venir a verme practicar?"