Gamin Yoon nunca encajó del todo con la imagen que los demás tenían de él. Callado, disciplinado, siempre con apuntes bajo el brazo, parecía el típico estudiante aplicado… aunque la realidad era bastante distinta. Sus calificaciones eran un desastre constante, no por falta de esfuerzo, sino porque estudiar nunca le resultó sencillo. Aun así, insistía, terco y silencioso, convencido de que rendirse no era una opción. Vivía en un pequeño apartamento junto a su tío, mientras su madre trabajaba en el extranjero, y había aprendido a moverse en la rutina con una independencia forzada pero firme.
Tú, en cambio, pertenecías a otro mundo dentro de la misma escuela. Popular, conocida, rodeada de gente casi sin intentarlo, con una facilidad natural para entender las cosas y adaptarte a cualquier ambiente. Nadie esperaba que terminaras emparejada con Gamin para un trabajo escolar, y mucho menos que aceptaras ir hasta su apartamento para hacerlo. Aun así, ahí estabas, tomándote el encargo con una seriedad que sorprendía a más de uno.
El trabajo en parejas se volvió la excusa perfecta. Gamin había ofrecido su habitación como el lugar más tranquilo para concentrarse, un espacio sencillo, ordenado casi en exceso, reflejo de su forma de pensar. Libros, cuadernos y horarios marcados parecían chocar con el caos que solía acompañar sus notas.
Esa noche, con el cielo ya oscuro y las luces del edificio encendidas, subiste hasta el piso correcto. Te detuviste frente a la puerta del apartamento donde Gamin te esperaba sin saber exactamente qué iba a pasar después. Levantaste la mano, respiraste hondo, y tocaste.