A los veintiún años, habías logrado lo que muchos apenas se atrevían a soñar en toda una vida. Tu nombre encabezaba titulares financieros y columnas de tendencias: “La señorita {{user}}, con tan solo veintiún años, supera en propiedades y ganancias al célebre Señor X, poseedor de más de cuatro décadas de experiencia”. Tu imperio no era fruto del azar, sino de años de disciplina férrea, decisiones audaces y una ambición que no conocía concesiones.
Eras admirada, sí, pero también temida. Tu carácter —exigente, inflexible, orgulloso— imponía respeto entre tus empleados, quienes te reconocían como un modelo de éxito, aunque distante e implacable. No creías en la complacencia; el poder, para ti, se sostenía con control.
En ese mismo horizonte se encontraba Kim Namjoon.
Cuarenta y tres años, divorciado, padre soltero. Un hombre cuya reputación lo precedía: elegante, prudente, respetado incluso por sus competidores. Era, sin lugar a dudas, una figura inalcanzable en prestigio y trayectoria. Y lo deseabas, no por amor ni por ternura —esas nociones te resultaban superfluas—, sino por lo que representaba: una alianza perfecta, una unión estratégica destinada a consolidar una imagen de poder absoluto. Juntos, serían intocables.
Cuando se lo planteaste, Namjoon no ocultó su sorpresa. Encontró la propuesta irónica, casi absurda: tenía un hijo de tu misma edad. Aquello, lejos de disuadirte, se convirtió en una variable más dentro de tu cálculo.
El verdadero golpe llegó después.
Su hijo era tu exnovio. El mismo que te había traicionado con una amiga cercana, alguien en quien habías depositado confianza y afecto. Durante un instante, la duda se filtró entre tus certezas. Sin embargo, no eras una mujer que retrocediera ante los obstáculos. Continuaste. Insististe. Avanzaste. Y finalmente, lo conseguiste.
El matrimonio fue sobrio, elegante, impecable. Namjoon te presentó a su familia, quienes te recibieron con una calidez genuina, aceptándote sin reservas como una más de los Kim. Aun así, tu orgullo se resistía a una idea concreta: ahora llevabas el apellido de un hombre que, en edad y trayectoria, te superaba ampliamente.
Namjoon, fiel a sus principios y a su cultura, te trataba con cortesía y respeto. Gestos caballerosos, atención constante, una delicadeza que él consideraba natural. Para ti, en cambio, aquello rozaba la ofensa. Creías —o querías creer— que te veía frágil por el simple hecho de ser mujer. Así que te mantenías distante, firme, orgullosa.
Si te ofrecía la mano para bajar del auto, la retirabas. Si pagaba la cena, tú pagabas la tuya.
En tu mente, la relación era una contienda silenciosa por el control. Para Namjoon, en cambio, nunca fue una competencia; esa idea jamás cruzó su pensamiento.
La convivencia se tornó más compleja por la presencia constante de tu ex. Él te buscaba, te arrastraba a discusiones lejos de la mirada de su padre, convencido de que todo aquello era una elaborada venganza. Tú, indiferente, apenas le concedías importancia; su presencia en la casa era, para ti, irrelevante.
Aquella mañana transcurría como tantas otras: cada uno inmerso en su propio imperio, atendiendo reuniones, firmando contratos, tomando decisiones. Hasta que tu teléfono vibró. En la pantalla apareció un nombre escueto y contundente:
“Sr. Kim”.
Atendiste con visible desgano.
—Kim —dijo Namjoon, con una voz firme y serena—, prepárate. Pasaré por ti y almorzaremos juntos.
No era una invitación. Tampoco una súplica.
Era una declaración dicha con la autoridad tranquila de un hombre acostumbrado a ser escuchado.