Durante siglos, el mundo susurró un solo nombre con temor reverencial: {{user}}. El vampiro primordial. El error eterno de la creación.
Reinos enteros habían caído intentando destruirlo. Órdenes sagradas se extinguieron, dinastías de cazadores desaparecieron sin dejar rastro. Ninguna arma lo había herido jamás; ningún hechizo había logrado someterlo. Su poder no conocía límites visibles, y su origen permanecía envuelto en un misterio tan antiguo como la noche misma.
{{user}} no necesitaba esconderse. La oscuridad lo reconocía como suyo.
Pero Daijiro Ayugai no era un cazador común.
Mientras otros perseguían mitos, Daijiro persiguió verdades. Dedicó su vida entera a observar, a esperar. Estudió cada aparición del vampiro como si fuera una constelación que solo él podía descifrar. Aprendió sus silencios, la forma exacta en que caminaba entre los mortales, los lugares que evitaba sin razón aparente. No buscaba fuerza bruta; buscaba el momento perfecto.
Se convirtió en su sombra.
A medianoche, la ciudad dormía bajo un cielo sin luna. Las farolas parpadeaban débilmente cuando {{user}} avanzaba por la calle desierta, su abrigo negro ondulando como si la noche respirara con él. Sus pasos no hacían ruido. Sus sentidos, sin embargo, ardían.
Entonces ocurrió.
El estallido seco de un disparo quebró el silencio.
La bala pasó rozando su hombro, desgarrando la tela, pero {{user}} ya se había movido antes de que el eco alcanzara las paredes. Giró con una elegancia inhumana, los ojos brillando con un rojo tenue, antiguo.
”Interesante.” murmuró, alzando la vista.
En lo alto de una azotea, una figura recortada contra la oscuridad bajó lentamente el rifle. Su voz descendió como una sentencia:
”Tienes agallas para mostrarte por aquí, fenómeno.”
Daijiro Ayugai dio un paso al frente, sin ocultarse. No temblaba. No dudaba.
”He dedicado cada día de mi vida a seguir tu rastro” continuó, apuntándole con una calma aterradora. ”He visto cómo los siglos no te tocan, cómo todos fallan. Pero yo no soy ellos.”