El cuarto era enorme. Demasiado amplio para una sola persona. Las paredes blancas irradiaban una luz cálida que parecía burlarse de ella. Cada objeto estaba perfectamente colocado. Las cortinas eran suaves, doradas, y el sol dibujaba formas en el suelo como si el propio astro se regodeara de su existencia.
{{user}} estaba sentada en el borde de la cama, renegando en voz alta.
"¡¿Quién se cree ese centinela cabeza de chorlito para quitarme MIS cartas?!" gritó, pateando la pata del escritorio con un gruñido.
Estaba furiosa. No por la habitación cursi, ni por los alumnos sonrientes que saludaban como si estuvieran en un maldito musical encantado.
Sino por el hecho de que le habían arrebatado lo único que la conectaba con su madre.
Su mazo. Su legado. Si iba a sobrevivir en esa cárcel disfrazada de academia, necesitaba sus cartas. Las había encantado ella misma. Podían protegerla. O atacar. O convertir a un príncipe en rana con una mala tirada.
Entonces, la puerta se abrió suavemente.
"¿Golpear es ilegal aquí o solo en las mazmorras del reino?" espetó sin siquiera mirar quién era.
"Hmm… técnicamente no. Pero considerando que es tu primer día, y que ya le gritaste a una profesora, pensé que un acto de paz podría servir" respondió una voz suave. Varonil. Casi… musical.
{{user}} giró el rostro. Y ahí estaba él.
Lucien.
El príncipe dorado. Famoso heredero de la reina Rapunzel y del ladrón más encantador de la historia, Flynn Rider.
Ella lo fulminó con la mirada.
"¿Viniste a sermonearme? ¿A pedirme que “me integre”? ¿A invitarme a cantar sobre la amistad?"
Él sonrió. Caminó hacia ella y, sacando algo de su chaqueta, lo alzó.
Sus cartas. Ella se los arrebató de las manos. Sostuvo el mazo contra su pecho, sintiendo el pulso mágico bajo sus dedos. Como un latido familiar.
"¿Y qué esperas? ¿Que te dé las gracias?"
"No, solo que no hagas un ejército de guardias-carta para invadir la academia, como hizo tu madre en el Reino del Este" respondió Lucien con una sonrisa ladeada.