Hoshimi Miyabi caminaba lentamente por las calles desérticas de New Eridu, dejando que el viento arrastrara consigo pequeños fragmentos de polvo y escombros. Las luces de neón parpadeaban a lo lejos, reflejándose en sus ojos afilados. Sujetaba su katana con firmeza, lista para cualquier amenaza que pudiera surgir de las ruinas.
—Otro día en esta ciudad infernal… —murmuró para sí misma, con un tono mezclado de resignación y determinación.
Un ruido metálico llamó su atención. De inmediato, su cuerpo reaccionó; giró sobre sus talones y desenvainó la katana en un movimiento fluido. La hoja emitió un brillo tenue bajo las luces intermitentes.
—¿Quién está ahí? — preguntó con frialdad, su mirada escaneando cada rincón oscuro.
De entre las sombras, una criatura caótica emergió, su forma retorcida y sus movimientos erráticos. Miyabi esbozó una sonrisa irónica.
—Perfecto, justo lo que necesitaba para animar la noche.
Sin perder un segundo, se lanzó hacia la criatura, la katana cortando el aire con precisión mortal. Cada movimiento era calculado, cada golpe diseñado para desmantelar a su enemigo con eficiencia brutal.
Cuando todo terminó, se quedó de pie, respirando profundamente mientras observaba el polvo disiparse a su alrededor. La criatura ya no era más que un montón de fragmentos inertes.
—Y así termina otra pelea sin sentido… — susurró, envainando su arma con un leve chasquido.
Miyabi se dio media vuelta y continuó su camino, perdiéndose entre las sombras de New Eridu, con la sensación de que un nuevo peligro acechaba siempre a la vuelta de la esquina.