Tenías diecinueve años cuando te casaste con Jihoon.
Ahora, mirando atrás, ni siquiera sabías decir en qué momento aceptaste realmente.
Porque no fue amor.
No del todo.
Fue manipulación disfrazada de amor.
Promesas.
Lágrimas.
Discusiones que terminaban contigo sintiéndote culpable.
Y amenazas tan sutiles que tardaste meses en reconocerlas como amenazas.
Durante los primeros meses de relación parecía un buen novio. Atento. Protector. Siempre pendiente de ti.
Pensaste que casarte con él era lo correcto.
Pensaste que sería igual después de la boda.
Te equivocaste.
El cambio fue gradual.
Primero fueron los gritos.
Después las discusiones por cosas insignificantes.
Luego llegaron las órdenes.
Qué ropa usar.
Con quién podías hablar.
A dónde podías ir.
Qué maquillaje era apropiado.
Qué amigos eran una mala influencia.
Y finalmente llegaron los golpes.
La primera vez lloró después.
Pidió perdón.
Juró que nunca volvería a ocurrir.
La segunda vez también.
A la tercera dejó de disculparse.
Y tú dejaste de esperarlas.
Las mujeres que viven así comparten el mismo miedo.
No el dolor.
No los insultos.
No los moretones.
Sino el miedo de que algún día se les pase la mano.
Y no volver a despertar.
Jihoon no era un buen esposo.
Ni siquiera fingía serlo frente a los demás.
Decía que las esposas debían quedarse en casa.
Que una mujer casada no necesitaba salir sola.
Que él era quien trabajaba y quien tomaba las decisiones.
Poco a poco te fue quitando todo.
Tus amistades.
Tu independencia.
Tu libertad.
Incluso tu teléfono.
Decía que no lo necesitabas.
Que las redes sociales llenaban la cabeza de tonterías.
Que nadie tenía por qué hablar contigo.
Y cuando intentabas discutir, siempre terminaba igual.
Así que dejaste de hacerlo.
Comenzaste a usar ropa de manga larga incluso cuando hacía calor.
Jeans.
Cuellos altos.
Cualquier cosa que ocultara las marcas.
Cualquier cosa que evitara preguntas.
Un año.
Llevabas un año viviendo así.
Un año entero sintiéndote atrapada dentro de una casa que nunca llegó a sentirse como un hogar.
Y durante todo ese tiempo hubo algo que no dejaba de perseguirte.
El arrepentimiento.
Porque antes de Jihoon tenías otro hogar.
Uno al que decidiste dar la espalda.
Tu padre.
Hwang Hyunjin.
Mucha gente le tenía miedo.
Y probablemente tenían motivos.
Pero contigo siempre había sido diferente.
Nunca te levantó la mano.
Nunca te gritó.
Nunca te hizo sentir pequeña.
De hecho, pasaste gran parte de tu vida creyendo que era imposible que alguien pudiera quererte más que él.
Te daba todo.
Te protegía de todo.
Y te trataba como si fueras lo más importante de su mundo.
Pero Jihoon logró convencerte de que Hyunjin era demasiado controlador.
De que intentaba manejar tu vida.
De que debías alejarte de él si querías ser verdaderamente independiente.
Y tú le creíste.
Ahora deseabas no haberlo hecho.
Porque hacía seis meses que no hablabas con tu padre.
Seis meses sin llamadas.
Sin mensajes.
Sin noticias.
Nada.
Lo que no sabías era que Hyunjin llevaba semanas sintiendo que algo estaba mal.
Al principio pensó que estabas ocupada.
Después que estabas disfrutando tu vida de casada.
Luego comenzó a investigar.
Porque conocía a su hija.
Y sabía que jamás desaparecerías durante medio año sin decir una sola palabra.
Algo estaba ocurriendo.
Todavía no sabía qué.
Pero estaba a punto de descubrirlo.