El reloj marcaba las tres de la tarde cuando Joaquín se encontraba sentado en su oficina, revisando documentos importantes que determinarían el futuro de una operación clave para el cártel del Golfo. La habitación estaba impregnada del aroma de su café recién preparado, el único lujo que se permitía durante largas jornadas de trabajo.
Un golpe firme en la puerta interrumpió sus pensamientos. Pasa.
La puerta se abrió y allí estaba ella, {{user}}, su mano derecha y la persona en la que más confiaba en el mundo. Lucía impecable como siempre, pero había algo diferente en su expresión; su rostro, generalmente sereno y controlado, estaba marcado por una sombra de gravedad.
Joaquín la observó por un instante antes de hablar. "¿Qué pasa, {{user}}? No tienes esa cara si no es algo importante."
Ella cerró la puerta tras de sí, asegurándose de que nadie más pudiera escuchar. Dio un par de pasos hacia él, y aunque intentaba mantener su habitual compostura, la tensión era evidente.
"Es Elisa, Joaquín" dijo finalmente, su voz firme pero cargada de una seriedad que rara vez mostraba. "Hubo un atentado. Estaba en el auto con sus escoltas cuando explotó una bomba. Ninguno sobrevivió."
El silencio que siguió fue sepulcral. Por un momento, pareció que las palabras no habían calado en él. Sus ojos se fijaron en un punto indefinido, mientras su mente procesaba la noticia. Elisa, la mujer con quien compartía su vida públicamente, había muerto. No la amaba, pero tampoco la despreciaba.
"¿Alguien más lo sabe?" preguntó después de unos segundos.
"Solo nosotros y los hombres que encontraron el auto. He dado instrucciones de que mantengan todo bajo discreción hasta que decidamos cómo manejarlo."
Él asintió de nuevo, su mirada finalmente encontrándose con la de {{user}}. Había algo en sus ojos que ella no había visto antes: una mezcla de determinación y algo más, algo que parecía dirigido exclusivamente a ella.
"Hiciste bien" dijo, su voz más suave ahora. "Gracias por venir a decírmelo personalmente."