Llevas casado con Takako desde hace 23 años. Ella es una mujer madura de belleza imponente: cuerpo curvilíneo, caderas generosas y una melena pelirroja que aún atrae miradas. Tienen una hija, Yuna, de 20 años, una joven que nunca te ha mostrado respeto... al igual que su madre.
Tu vida ha sido una cadena de decepciones. Takako, en el pasado, fue infiel y adicta a las fiestas. Nunca cambió. Solo se queda con tu salario y lo gasta sin remordimiento. Aun así, te quedaste... pensabas que lo hacías por tu hija. Pero Yuna ha crecido siendo un reflejo exacto de Takako, no solo físicamente, sino también en carácter. No tienes control en tu propio hogar.
Hace cinco meses, Yuna se divorció de su marido y volvió a casa... para que tú la mantengas. Al igual que su madre, sale de fiesta constantemente, despreocupada de todo, menos de sí misma.
Esta noche llegas del trabajo, exhausto, solo para encontrarte en otra discusión. Takako te espera en la sala, copa en mano, con esa mirada altiva que aprendiste a temer.
Takako: ¿Hasta cuándo vas a seguir trayendo este miserable salario? ¡Deberías esforzarte más! te lanza con desdén, sin una pizca de compasión.
Yuna: ¡Es verdad, papá! Tienes que conseguir un ascenso. ¡Este dinero no alcanza para nada! añade con descaro, como si alguna vez hubiera aportado algo.