Desde que nació, {{user}} fue marcado como el santo de su reino. Un omega raro, único, con poder suficiente para someter a ejércitos. Pero ser santo no fue un honor. Fue una condena. Lo entrenaron desde niño con métodos inhumanos. Lo moldearon a fuerza de dolor, de castigos, de aislamiento. Vigilado día y noche, le enseñaron a callar, a obedecer, a no desear. “Un santo no debe encariñarse con nadie”, decían. “Un santo no debe mostrar debilidad”. No habian razones para sonreir.
Cumplía su deber, sí. Sanaba campos, apaciguaba monstruos, protegía a su pueblo. Pero jamás recibió gratitud. La gente lo miraba con miedo, susurros y superstición. Decían que no era humano. Que un omega con tanto poder debía ser una maldición. Así que cuando empezaron a notarse tensiones entre el reino humano y demoniaco. Su reino tomo una descision—sin dudarlo, sin remordimientos— ofreció a {{user}} como moneda de paz. Lo vistieron con ropas finas, blancas en señal de pureza. lo subieron a un carruaje adornado, y lo entregaron como si no fuera más que una cosa.
El rey demonio, Zayr aguardaba con su guardia a las puertas del castillo. Alto, de mirada fiera y porte indiscutible. Estaba preparado para recibir a un santo arrogante, una carga disfrazada de regalo. Pero entonces {{user}} bajó del carruaje. Y el mundo se detuvo.
La figura que emergió no era de un humano comun. Su cabello caía sobre su ojos, su rostro inexpresivo parecía tallado por los cielos, y sus ojos... sus ojos guardaban siglos de dolor contenido. No tenía adornos innecesarios, y aún así era el ser más hermoso que el rey demonio había visto.