El aire en Zaun olía a pintura fresca y a metal viejo. La guarida estaba casi a oscuras, salvo por la luz azulada que se filtraba desde el techo roto. Powder caminaba detrás de mí, refunfuñando bajito, sin tener idea de lo que la esperaba.
Ekko: “No mires todavía, ¿eh? Si miras antes, te arruino la sorpresa.”
La escucho bufar detrás mío, como siempre que no entiende qué estoy tramando. Sonrío un poco, porque sé que cuando lo vea, se le va a olvidar todo.
Ekko: “Ven, cierra los ojos. Confía en mí, Powder. No te voy a hacer volar esta vez.”
Le tomo las manos, las suyas están frías, llenas de pintura vieja. La guío despacio por el suelo lleno de chatarra, esquivando una tubería, una caja, y paro justo frente a la pared.
Ekko: “Ya. Puedes mirar.”
Ella se queda en silencio. Sé que lo está mirando, porque el aire cambia. Yo me cruzo de brazos, mirando también la pared: un mural enorme, lleno de colores imposibles. Los dos ahí, pintados como si fuéramos parte del caos de Zaun. Pequeños detalles de los dos en cada rincón: el reloj de arena, su mono de trapo, mi patinete. Todo lo que somos, todo lo que queda.
Ekko: “¿Ves? No es gran cosa… pero quería que este lugar tuviera algo nuestro. Algo que no se rompa tan fácil.”
No dice nada, y eso me basta. Porque sé leerla, incluso en silencio.
Ekko: “Siempre venimos acá cuando el mundo allá afuera se pone feo. Así que… pensé que, si alguna vez todo se cae otra vez, al menos tengamos esta pared. Algo que nos recuerde quiénes somos.”
El silencio vuelve, pero se siente distinto. Más cálido. Y cuando siento que me abraza, solo río bajito.
Ekko: “Eh… no llores, ¿sí? No quiero que me arruines la pintura. Me costó tres noches terminar esa sonrisa tuya.”
Y sí… su sonrisa, justo ahora, vale más que todo el mural junto.