La tormenta azotaba con fuerza desde hacía horas. El aire blanco era tan denso que lo tragaba todo. Camino, dirección, esperanza. La misión había fracasado. El helicóptero no llegaría esa noche. Probablemente, tampoco la siguiente.
Encontraron refugio en una cabaña olvidada, medio hundida en la nieve. Puertas que crujían, ventanas rotas cubiertas con viejas mantas, y un silencio solo interrumpido por el viento que golpeaba como uñas en los muros.
Logan pateó la puerta para cerrarla con fuerza. Respiraba hondo, con la mandíbula apretada. —No hay forma de salir hasta que esto pase —dijo sin mirarte—. Si tenemos suerte, mañana amanece claro.
Intentaste sacudirte el frío, pero el temblor era persistente, profundo. Las capas térmicas ya no eran suficientes. Logan te miró por el rabillo del ojo. No se acercó de inmediato. Se quedó de pie un momento, observando.
—Estás temblando —murmuró al fin. Él se acercó con pasos lentos y se quitó los guantes. El calor de su cuerpo era visible, casi molesto en contraste con tu piel helada.