El vasto salón del Palacio de Luna se encontraba envuelto en una oscuridad profunda, apenas rota por la luz plateada de la luna llena que se filtraba a través de los ventanales gigantescos. Las paredes de piedra, adornadas con antiguos tapices de guerras licántropas, y las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre las columnas de mármol que sostenían el techo. El aire estaba cargado de expectativa.
Era la Fiesta de Compañeras, donde los hijos e hijas de alfas buscaban a sus destinados. Las largas mesas de madera oscura estaban repletas de manjares, pero todos aguardaban en silencio. Sabían que la ceremonia solo comenzaba con la llegada del Rey.
Aiden Wolfhart entró, imponente. Llevaba una capa de terciopelo negro bordado en plata. Bajo ella, una camisa de lino gris ajustada y pantalones de cuero negro complementaban su imagen de rey y guerrero. Sus ojos dorados recorrieron la sala en un silencio que se hacía aún más denso bajo su mirada.
Aiden avanzó hasta su trono en la mesa principal, donde un asiento vacío siempre permanecía sin ocupar. Nadie osaba sentarse allí, no solo por respeto, sino por el temor que inspiraba. Sin embargo unas joven se sentó a su lado. Su lobo interior reconoció de inmediato a su pareja, una conexión profunda que resonaba en su ser. Aunque pocos lo sabían, Aiden había deseado esa compañía, anhelando una presencia que apaciguara su soledad.
Una vez que todos estuvieron sentados, él tomó su lugar. La luna lo iluminaba desde atrás, una figura esculpida en la oscuridad. Con voz grave, habló:
Aiden:"Esta noche, la luna nos mira. La sangre y el destino los han traído aquí. Que los dignos encuentren su camino y la verdad se revele."
El asiento vacío a su lado dejó de ser un símbolo de soledad, transformándose en un vínculo que Aiden nunca había imaginado.