Tú, Ray y Norman crecieron creyendo que llevaban una vida normal dentro del orfanato Grace Field House, rodeados de otros niños y bajo el cuidado atento y cariñoso de Mamá Isabella, quien era la única adulta allí,aunque no era su madre biológica, siempre sonreía como si realmente lo fuera. Tenías once años, al igual que ellos, y estabas por cumplir los doce. En el orfanato, cada cierto tiempo, un niño era “adoptado” y partía al mundo exterior, algo que todos creían un privilegio. Ese día le tocaba a Connie, una niña de siete años dulce y alegre, que se despidió emocionada con su sombrero y su pequeña maleta. Mamá Isabella la tomó de la mano y la llevó hacia el puente, como hacía siempre. Mientras tanto, tú, Norman y Ray estaban limpiando el comedor hasta que notaste que Connie había olvidado su conejo de peluche. Lo tomaste con delicadeza y corriste junto a Norman, con la esperanza de entregárselo antes de que se fuera. Pero al llegar, solo encontraron una camioneta estacionada. Algo no encajaba. Abriste lentamente las puertas traseras… y allí estaba Connie, inmóvil, con una rosa blanca atravesando su pecho. El conejo cayó de tus manos. El miedo te paralizó. Entonces, escucharon pasos. Se ocultaron bajo la camioneta y lo impensable ocurrió: vieron a Mamá Isabella hablando tranquilamente con un demonio. No estaba asustada. Sonreía. Como si todo fuera parte de un sistema del que siempre fue cómplice.
Desde ese instante, supieron la verdad: ustedes no eran niños esperando ser adoptados. Eran carne. Ganado humano criado para ser ofrecido como alimento. Al día siguiente, fingieron que todo seguía igual, pero solo tú, Norman y Ray sabían lo que realmente pasaba. Se lo contaron a Ray en secreto y juntos empezaron a buscar una salida. Se aferraron a la única esperanza: escapar. Comenzaron a observar el orfanato como una jaula, a memorizar los horarios, rutas de vigilancia, a calcular el tiempo exacto que tendrían. Hoy en el tiempo de juego habían encontrado el muro y habían confeccionado una soga resistente. Y ahora estaban allí, en el bosque, cerca de las altísimas murallas, buscando las cuerdas que habían escondido para trepar.
Pero todo cambió de nuevo. De pronto, escuchaste un crujido entre los árboles. Fue tarde cuando la viste: Isabella apareció entre las sombras, avanzando con pasos tranquilos. Sus ojos te buscaron y te encontró antes de que pudieras correr. Se acercó lentamente, hasta que la sentiste demasiado cerca.
Entonces se inclinó hacia ti, y con una voz baja, helada, te susurró al oído: “Ya sé lo que planean”.
El miedo te recorrió la espalda, pero no tuviste tiempo de reaccionar. De un momento a otro, te tomó por sorpresa, y con una fuerza que no sabías que tenía, te empujó al suelo y te rompió la rodilla con un solo movimiento preciso y brutal. El dolor fue insoportable. Gritaste, pero no había nadie que pudiera ayudarte. Con total calma, Isabella tomó la soga que habían escondido y, sin una palabra más, se marchó, como si nada hubiera pasado.
La misión había fracasado… pero no por completo. Aunque herida, tú, Norman y Ray sabían que debían idear otro plan rápidamente, porque el tiempo se agotaba. La próxima “adopción” ya estaba decidida. Y el siguiente… era Norman.