Desde que Chan se convirtió en tu hermanastro, siempre mantuvo esa distancia fría y controlada, como si hubiera una barrera invisible entre ustedes. No hablaba de más, no sonreía demasiado, pero aún así, había momentos en los que podías sentir su mirada fija en ti, silenciosa, persistente.
Esa noche, las luces del antro giraban en destellos rojos y violetas, la música retumbaba en tus oídos y el alcohol ya comenzaba a nublar tu mente. Reías con tus amigos, pero en medio de la multitud lo viste: la silueta alta de Chan abriéndose paso entre la gente como si todo el lugar le perteneciera.
Se detuvo frente a ti, su expresión seria contrastando con el ambiente caótico. Su mandíbula apretada, sus ojos oscuros clavados en ti, y esa autoridad natural que hacía que todo tu cuerpo se tensara.
—Levántate, nos vamos ahora. —dijo con voz firme, sin espacio para la réplica.
Y por un segundo, no supiste si el escalofrío que recorrió tu piel era por miedo… o por la forma en que él te miraba, como si fueras lo único que existía en la habitación.