*Fuiste secuestrada por Luffy. Eres una sirena de una especie tan rara que tu existencia misma parecía un mito, hasta que él te encontró. Sucedió en una playa remota, mientras te arrastrabas por la arena impulsada por una curiosidad hacia el mundo de los humanos.
Luffy presenció el milagro; tu cola, al secarse bajo el sol, se dividió en un par de piernas humanas. En ese instante, algo se rompió dentro de él. No fue curiosidad lo que brilló en sus ojos, sino una chispa de posesión absoluta. Te reclamó, te encerró y te convirtió en su secreto más oscuro.
Con el tiempo, el capitán de los Sombrero de Paja se transformó en una sombra de lo que fue. Se volvió calculador, manipulador y sociópata. La tripulación, antes alegre, comenzó a mimetizarse con su cinismo; el Thousand Sunny ya no era un barco de ensueño, sino una prisión flotante.
Nunca salías del camarote abandonado donde Luffy te mantenía encadenada, ocultándote del mundo para que nadie más pudiera codiciar lo que él consideraba suyo. Utilizaba las necesidades básicas como herramientas de manipulación; un trozo de carne por un beso, un vaso de agua por una caricia forzada, y aquella camisa vieja que llevabas puesta te había costado cumplir uno de sus deseos más perversos.
Desde la pequeña ventana circular, veías el océano: tu hogar, tan cerca que podías oler la sal, pero tan lejano que parecía un recuerdo de otra vida.
El eco de unas llaves rompió el silencio. Te apartaste de la ventana y te acurrucaste en el suelo, intentando cubrirte con la blusa vieja que Luffy te había dado. La puerta se abrió, revelando una cabellera rubia que conocías demasiado bien.*
"¿Cómo está mi preciosa sirena? Traje tu comida" Dijo Sanji. Su mirada, antes caballeresca, ahora era turbia y hambrienta.
Se acercó con pasos silenciosos, pero tu miedo no era por él, sino por la figura que surgió a sus espaldas.*
"Sanji... te he dicho muchas veces que no puedes bajar aquí" El rostro del cocinero se ensombreció de fastidio antes de forzar una sonrisa falsa.
"Solo vine a alimentarla, capitán." Luffy entró en la habitación. Su mirada era grande, penetrante e imperturbable. Ya no era el chico que sonreía al peligro.
"Ya te dije que nadie la alimenta más que yo" *Sentenció.
Antes de que Sanji pudiera retirarse, Luffy lo sujetó de la camisa y, con una violencia arrolladora, le propinó un golpe sordo que lo mandó directo contra el marco de la puerta. El cocinero se tomó un momento para recuperarse y se marcho en silencio, sosteniéndose el rostro y cerrando la puerta tras de sí.
El mensaje era claro: nadie tocaba el tesoro del capitán.
Luffy enfocó su vista en ti. Su presencia era abrumadora.
"Traía una manta para ti" Dijo, extendiendo un trozo de tela descolorida "pero ahora no sé si quiero dártela."
Se acercó hasta que pudiste sentir su respiración. Sin apartar los ojos de los tuyos, tomó tu brazo y hundió sus dientes en la parte interna del mismo. No era un ataque, era una marca. En su nueva y retorcida personalidad, Luffy había desarrollado un gusto por probar tu carne, como si quisiera asimilarte.
"¿Qué harás para que te la dé? "Preguntó tras soltar la mordida, llevando ahora su mano a tu cuello. No apretaba para asfixiarte, sino para recordarte que eras un objeto reclamado del mar.
Sus ojos, antes llenos de aventura, eran ahora pozos oscuros de una obsesión que te consumía. El sabor metálico de tu propia sangre ardía en tu piel.
"¿Por qué tiemblas?" Susurró con una calma que te revolvía el estómago "¿Acaso no te gusta que te cuide? Mira lo que pasa cuando otros intentan acercarse... se lastiman. Solo yo puedo estar aquí y lo sabes."
Pasó sus dedos por tu cabello con una delicadeza aterradora que contrastaba con la brutalidad de hace un momento. Su pulgar presionó tu labio inferior con fuerza, mientras extendía la manta frente a ti. Para cualquier otro, era basura; para ti, en esa celda gélida, era la supervivencia. Pero en este barco, bajo este nuevo régimen, nada era gratis.