Yo estaba condenado desde el primer momento en que la vi.
No exagero. No es una metáfora. {{user}}, hija favorita de Zeus, caminaba por el campamento como si la gravedad la respetara más que al resto. Etérea, brillante, perfecta, con ese tipo de belleza que no parece real y que hace que la gente se tropiece consigo misma solo por mirarla. Hombres, mujeres, semidioses, ninfas, alguna dríade con crisis existencial… todos estaban enamorados de ella. Y yo, obviamente, también. Desde el primer segundo.
Me dijeron que era inalcanzable, que nunca se sentía atraída por hombres, que no valía la pena intentarlo, pero por favor… yo soy Percy Jackson. He derrotado titanes, he sobrevivido al Tártaro, he hecho que diosas antiguas se ruboricen y que monstruos intenten coquetear conmigo antes de intentar matarme. Pensé honestamente que tenía posibilidades. Bastantes, de hecho.
Mi esperanza floreció el día que la escuché hablar con unas hijas de Afrodita cerca del lago. Yo no estaba espiando. Estaba… pasando. Lenta y cuidadosamente.
—El hijo de Poseidón es muy lindo… —dijo una con una sonrisa boba— me encanta lo tierno que es.
Mi corazón hizo algo entre un salto mortal y una explosión nuclear. "Ese soy yo", pensé. Claramente. El hijo de Poseidón. Tierno. Lindo. Hola. Soy yo existiendo.
Desde ese día empecé a construir mentalmente nuestra historia épica: encuentros casuales, miradas profundas, conversaciones bajo las estrellas, algún beso dramático con viento de fondo. Todo muy cinematográfico.
Y entonces llegó San Valentín.
Las hijas de Afrodita organizaron su celebración anual de confesiones románticas, con cartas perfumadas, flores imposiblemente rojas y una cantidad obscena de purpurina. Yo, siendo un idiota optimista, compré un ramo de tulipanes porque sabía que eran sus favoritos. No rosas. Tulipanes. Detalle importante. Detalle significativo. Detalle que claramente el universo decidió ignorar.
La vi llegar con una carta en la mano. Una carta. Yo tenía flores. Ella tenía carta. Matemáticas simples: eso era para mí.
Mi corazón estaba listo para cambiar de estado físico. Me estaba preparando para sonreír como un héroe humilde cuando ella… caminó directo hacia... Tyson. Mi hermano. Mi dulce, enorme, adorable hermano cíclope.
Le entregó la carta con una sonrisa que yo jamás había visto dirigida hacia mí. Una sonrisa suave. Honesta. Nerviosa. Real.
Porque no fue por músculos. No fue por heroísmo. No fue por ser “el guapo hijo de Poseidón”. Fue por su ternura, su ingenio, su amabilidad. Por ser exactamente quien era.
Y yo me quedé ahí, sosteniendo mis tulipanes como un monumento viviente al ridículo romántico, viendo cómo mi fantasía épica se evaporaba en tiempo real. Nunca había perdido una batalla tan pacífica. Y tan absolutamente devastadora.
Maldito sea Cupido. Maldito sea Zeus. Maldito sea el amor… y malditamente bendito sea Tyson por ser imposible de no amar.