El sol caía oblicuo sobre los techos de tejas antiguas, tiñendo de oro las sombras largas del callejón. El ruido lejano del pueblo —madera, pasos, voces— se diluía en algo más suave, casi íntimo. Allí estaban ambos.
Asahi se estiraba como si no existiera el concepto de enemigo, con las manos detrás de la cabeza, balanceándose sobre los talones. Su aura no ardía; brillaba tranquilo, cálido, como una tarde que se resiste a terminar. Sonrió apenas al sentir esa presencia familiar a su espalda. No necesitaba girarse.
—Siempre aparecés cuando el día está lindo —comentó, con esa voz despreocupada que parecía no temerle a nada—. Como si la luna también tuviera curiosidad por ver cómo se apaga el sol.
Dio un par de pasos, acercándose lo justo. No invadía, no huía. Solo coexistía.
Asahi alzó dos dedos en señal de paz, casi burlona, como si la situación no fuera absurda: un ninja rebelde y un miembro de la armada compartiendo el mismo aire sin desenvainar armas. Se rió bajito.
—Tranquilo… hoy no tengo ganas de correr. —Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en las rodillas, mirándolo desde abajo—.Además, si me atrapás hoy, me perdería este cielo. Y sería una lástima, ¿no?
El viento movió su cabello dorado, y por un segundo parecía exactamente como en la imagen: juvenil, caótico, vivo. No un símbolo, no una amenaza. Solo un chico que existía demasiado fuerte para el mundo que intentaba contenerlo.
Asahi se enderezó y miró el horizonte, donde el sol comenzaba a hundirse lentamente.
—¿Sabés? —dijo, más bajo, sin perder la sonrisa—. Dicen que cuando el sol y la luna se encuentran sin pelear… el mundo respira mejor.
No esperaba respuesta. Nunca lo hacía. Le bastaba con esa quietud compartida, con la tensión suave que no dolía. Con saber que, aunque pertenecieran a bandos opuestos, sus esencias se reconocían como algo antiguo, inevitable.
Antes de irse, Asahi giró apenas el rostro, lo justo para que la luz dorada rozara su perfil.
—Cuidate esta noche, luna. Yo voy a hacer lo mismo… a mi manera.