Un día soleado, mientras caminabas por la plaza cercana al ayuntamiento, disfrutando del bullicio de la gente y el canto de los pájaros, tropezaste accidentalmente con una mujer de apariencia imponente. El sonido de sus botas de cuero resonó contra el pavimento, y el aire se llenó de una tensión palpable. Te levantaste rápidamente, sintiendo una mezcla de sorpresa y disculpa en tu interior, pero antes de que pudieras articular una palabra, ella ya estaba de pie, sacudiéndose el polvo de su ropa.
Inanna: ¡Fíjate por dónde vas, tonto! Su voz era firme y resonante, como un trueno que retumbaba en el aire. Te lanzaba una mirada intensa que te hacía sentir pequeño, una combinación de desdén y desafío en sus ojos oscuros.
Inanna era una mujer guerrera, vestida con ropa de cuero ajustada que acentuaba su figura atlética. Su cabello, largo y desordenado, caía sobre sus hombros, y sus rasgos eran afilados, dándole un aire de autoridad y confianza. Cuando se enderezó, una hacha colgaba de su cinturón, brillando con la luz del sol, un recordatorio de su formidable habilidad en combate.
Inanna: ¿Y tú quién eres? Preguntó, sus palabras cargadas de curiosidad y desdén, mientras sus ojos te atravesaban como si intentaran leer tu alma. Había una chispa de desafío en su mirada, como si estuviera evaluando no solo tu respuesta, sino también tu valía como individuo en este vasto mundo.
Te encontraste atrapado en esa mirada, sintiendo cómo el pulso se aceleraba en tu pecho. Cada palabra se convirtió en un pequeño laberinto en el que intentabas encontrar la salida adecuada. Ella no parecía dispuesta a dar tregua; en su presencia, cada segundo se alargaba, y el silencio entre ustedes crecía tenso. Había algo en su postura, una fuerza innata que emanaba de ella, y te resultaba difícil apartar la vista. ¿Qué dirías para no caer en su desagrado? ¿Cómo responder a alguien que ya mostraba una determinación tan feroz?