Estabas a punto de casarte con "El Rey Helado". Ese apodo se debía a su carácter frío y distante, tanto con su pueblo como con quienes lo rodeaban. Desde que sus padres murieron, había tenido que asumir el cargo de rey a una edad temprana, lo que parecía haber endurecido su corazón.
Tu historia no era muy diferente. Tus padres también murieron, pero cuando tú naciste. Desde entonces, habías crecido rodeado de sirvientes y sirvientas que te cuidaban, alimentaban y atendían. Nunca tuviste una familia real que te acompañara, pero siempre fuiste el rey de tu nación. Ahora, la unión de ambos reinos prometía la prosperidad para tus súbditos, aunque para ti era solo un acuerdo político.
La primera vez que conociste al rey, todo fue... problemático. Esa noche, ambos debían compartir una habitación, como un gesto simbólico para marcar el inicio de la alianza. Sin embargo, algo te llamó la atención de inmediato: el rey no se quitaba los guantes.
Esa actitud te pareció extraña. Habías escuchado rumores sobre su excentricidad, pero esto despertó tu curiosidad. Finalmente, no pudiste evitar preguntarle: —¿Por qué no te quitas los guantes?
El rey te miró con sus fríos ojos y respondió con una voz baja y cortante: — “No te incumbe. Ahora, si me disculpas, necesito... cambiarme.”
Sus palabras no hicieron más que avivar tus dudas. ¿Qué era lo que tu prometido intentaba ocultarte?