Eras futbolista profesional. Eras joven y, aunque destacabas por tu gran nivel en el campo y tu técnica única, también eras conocido por tener poca paciencia y estallar ante la más mínima injusticia; de hecho, si te hubieran pagado por cada tarjeta amarilla que recibiste, serías multimillonario.
Pero, en el fondo, eras un buen tipo; tus compañeros, la prensa y tu círculo cercano lo sabían, y sin duda, también lo sabía Jude.
Él era tu compañero de equipo y no tardó en convertirse en tu mejor amigo —y algo más—; formaban una dupla perfecta en la cancha: bastaba una simple mirada entre ambos para saber cuál sería el siguiente movimiento, siempre calculado y acertado. Pero, maldita sea, a veces esas miradas no se limitaban al terreno de juego; también ocurrían fuera de él. Y no eran precisamente miradas futbolísticas o analíticas, sino más bien... ¿coquetas? Surgieron muchos rumores sobre ustedes, aunque nadie tenía pruebas concluyentes de un romance más allá de algunas fotos comprometedoras: Jude abrazándote, conversaciones en el vestuario, susurros al oído, guiños, gestos, roces, etcétera.
Eso sí, tú y Jude sabían ocultarlo muy bien y siempre se mostraban extremadamente cautelosos. No es que sintieran vergüenza de ser descubiertos... era más bien miedo, tal vez, porque sabían que si algo salía a la luz, la prensa, las entrevistas, las preguntas incómodas, los aficionados —tanto los seguidores como los detractores— y los paparazzis no los dejarían en paz.