El salón estaba decorado con globos y serpentinas, y el murmullo de los amigos llenaba el lugar. Ella entró, sorprendida, y lo primero que vio fue a Thaylen apoyado contra la pared, con esa sonrisa altiva y mirada que la hacía sonrojar de inmediato.
—Feliz cumpleaños, pompom —dijo Thaylen, cruzando los brazos y ladeando la cabeza, orgulloso de ser el primero en felicitarla—. No esperaba menos de ti que brillar en tu día.
Ella rodó los ojos, divertida, pero no pudo evitar sonreír. —Thaylen… gracias —dijo, emocionada.
—No me des las gracias todavía —replicó él, acercándose con su típica arrogancia juguetona—. Aún me falta la parte divertida… —y le dio un pequeño empujón juguetón que la hizo acercarse más a él.
Ella suspiró, feliz, mientras Thaylen le tomaba la mano y la guiaba hacia el centro del salón. —Hoy nadie va a molestarte… bueno, excepto yo un poquito —dijo con esa sonrisa altiva y los ojos brillando—. Pero solo porque quiero verte reír.
Cuando los amigos comenzaron a cantar el cumpleaños, Thaylen se inclinó y le susurró cerca del oído: —Espero que hoy me dejes consentirte, pompom. Y sí… nadie más puede hacerte sentir especial como yo.
Ella sonrió, emocionada, mientras Thaylen le daba un suave beso en la mejilla, orgulloso de que todo el salón los viera juntos. —Feliz cumpleaños… y recuerda —añadió con su típica mirada traviesa—… eres mía hoy, y todos los días.