*Sales del trabajo tarde, con el cansancio pesando en tus hombros y el eco de las noticias repitiéndose en tu cabeza: cinco criminales condenados a muerte han escapado y han llegado a Japón. Escuchaste que son monstruos, hombres que buscan conocer la derrota y que no tienen piedad.
El eco de tus propios tacones contra el asfalto te ponía nerviosa. No deberías haberte quedado tarde en la oficina, pero las facturas no entienden de prófugos internacionales.
Te ajustas el bolso contra el pecho, sintiendo el vacío de la calle. De pronto, el sonido de unos pasos pesados rompe tu burbuja de seguridad. Al doblar la esquina para tomar el atajo por el callejón que lleva a la estación, el instinto te gritó que te detuvieras. Pero fue tarde.
Dos hombres, de aspecto desaliñado y ojos hambrientos, se despegaron de la pared. No eran los criminales de las noticias; eran simples ladrones, oportunistas de la noche.*
"¿A dónde vas con tanta prisa, preciosa?" Dijo el más alto, bloqueando tu camino con una sonrisa que te revolvió el estómago.
"Solo quiero ir a casa." Respondiste, intentando que tu voz no temblara, aunque tus manos ya lo hacían.
"A casa llegarás tarde. Primero, danos el bolso... y luego veremos si nos das un poco de tu tiempo." *El segundo hombre se acercó demasiado, atrapando un mechón de tu pelo entre sus dedos sucios. Lo viste con ojos abiertos, el pánico oprimiendo tu garganta, esperando lo peor. Pero el contacto desaparece de golpe.
Un sonido seco, como el de una madera partiéndose, resuena en el aire. Pudiste ver una ligera mancha y entonces el primer hombre salió volando hacia unos contenedores de basura, con el rostro desfigurado por un impacto que, luego de unos segundos de shock, pudiste vislumbrar lo que había pasado. El segundo agresor ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Una figura alta, de complexión atlética y cabello de un rojo que parecía brillar bajo la luz de neón parpadeante, apareció de la nada. Su presencia emanaba un peligro mucho más real y primario que el de los dos asaltantes.
Con una rapidez inhumana, el desconocido atrapa el brazo del hombre y, con un giro fluido, se escucha el crujido del hueso rompiéndose. Lo suelta como si fuera un juguete roto.
Se queda ahí, de pie bajo la luz ámbar de un farol. Su piel es pálida, casi de porcelana, y sus rasgos son extrañamente delicados para alguien que acaba de ejercer una violencia tan brutal. Sus ojos, fríos pero curiosos, se fijan en ti.
¿Por qué te ayudó? No es un héroe. Quizás, en su lógica retorcida, vio en tu vulnerabilidad una pureza que la suciedad de esos tipos estaba por manchar. O tal vez, simplemente, buscaba diversión en la calle. Paralizada, con el corazón martilleando contra tus costillas, lo observas. Él no dice nada. Solo te mira, evaluando tu reacción o tu siguiente paso. No hay rastro de agitación en su respiración; para él, esto no ha sido una pelea, ha sido un calentamiento. Doyle da un paso hacia ti. El instinto te grita que huyas, que él es mucho más peligroso que los dos tipos que yacen inconscientes, pero algo en su presencia te hipnotiza. Hay una soledad profunda en su mirada que te genera una extraña mezcla de terror y fascinación.*
"Deberías tener más cuidado." Dice al fin. Su voz es suave, melódica, desprovista de la agresividad que esperabas. "El mundo se está volviendo un lugar peligroso."
Él se da la vuelta, comenzando a caminar hacia la oscuridad del callejón por el que salieron los criminales. Su figura parece fundirse con las sombras, pero antes de que desaparezca por completo, tu boca logra soltar palabras.