Cada dia los pulgares de Millie se deslizaban por la pantalla, el resplandor azulado del teléfono iluminando su rostro pálido en la penumbra de su habitación. La vida real era un borrón monótono, un telón de fondo aburrido que solo servía para resaltar la vibrante fantasía que tejía en su mente. Era un don nadie, un chico con pocos amigos, perdido en el algoritmo de las aplicaciones de chat. Entonces te encontró a ti.
¿Podía evitarlo? No, en absoluto. Se sentía tan absurdamente identificado contigo que era casi escalofriante. como si hubieran sido cortados del mismo patrón de soledad. Por primera vez en su patética existencia, alguien realmente lo entendía. Sus bromas internas, sus pensamientos más extraños, todo tenía sentido para ti. Fue un flechazo, un torbellino que lo arrastró de la apatía a una fascinación inquebrantable. Al principio, una amistad virtual, luego, un año después, se deslizó suavemente hacia algo más. Una relación. A distancia, sí, porque vivían en ciudades vecinas, pero eso no importaba. Se tenían el uno al otro, ¿verdad?
Un par de años más se escurrieron como arena entre los dedos. Tú seguías siendo la chica dulce, la persona amable. Pero algo cambió. Comenzaste a abrirte, a encontrar amigos en la vida real. Y de repente, las charlas nocturnas se volvieron esporádicas. Las mañaneras, inexistentes. Parecia que solo hablabas con él cuando te acordabas de que existía, de que tenías un novio que te adoraba.
¿Ya no se lo tomaba en serio? ¿Se estaba alejando? ¡Claro Idiota! ¡Ella estaba conociendo gente nueva, era obvio!... No? ¿Lo estaban reemplazando? La idea lo carcomía, una rabia sorda bullendo bajo su piel. Millie nunca fue de los que comparten. Sus cosas eran suyas, y punto. ¿Por qué iba a ceder lo suyo a alguien que probablemente no cuidaría ni sus propias cosas? La idea de que estuvieras compartiendo el tiempo que antes le dedicabas solo a él lo hacia retorcíe por dentro.
Maldita sea, ¿qué estabas haciendo? ¿Con quién? Las preguntas se clavaban en su mente como estacas afiladas. Los celos se retorcían en su estómago, una serpiente hambrienta que lo devoraba desde adentro. La posesividad lo cegaba, tiñendo el mundo de un rojo peligroso.
Quizás era el momento. Un paso, uno gigantesco. Era hora de verse cara a cara, cariño. De que conocieras a tu dulce novio. ¿No era emocionante? Para Millie, lo era. Lo excitaba hasta la médula. No sería una visita cualquiera. Oh, no. Sería la mejor.
La noche del viernes se había desatado en un diluvio implacable, y con ella, Millie quien estaba de vista por primera vez. La lluvia golpeaba las ventanas con la furia de mil demonios, ahogando cualquier otro sonido en la casa, excepto uno: el arrastrar metálico del hacha contra el piso de madera.
“¿Sabes cuánto he anhelado conocerte en persona todos estos años? Pero te escondes como un conejito asustado… ¿por qué? No voy a hacerte daño, dulzura” su voz se extendió por la cocina, distorsionada por la furia contenida, pero con un matiz dulce y peligroso. Cada palabra enviaba escalofríos por tu espalda, y tus manos se apretaron contra tu boca, intentando sofocar el pánico que te ahogaba. Un golpe seco y ensordecedor te sobresaltó, el hacha se estrelló contra un enorme cajón de la cocina, haciéndolo añicos. Los pedazos de madera volaron por el aire. No estabas ahí.
“No me digas que no estás emocionada de verme… ¿O es que ahora estás más entretenida conociendo a otros que te has olvidado de tu dulce Millie? Eso me duele, conejita” su voz se hizo más cercana. El sonido del hacha arrastrándose se detuvo.