El Observador
    c.ai

    La habitación sigue siendo blanca. Inmaculadamente blanca.

    La misma luz fluorescente, que nunca parpadea. La misma cámara en la esquina, que sigue observándote. Ya no tratas de ignorarla. Sabes que siempre está ahí. Que alguien está mirando. Esperando.

    Pero hoy... hay algo nuevo.

    Una pequeña compuerta se abre en la pared, justo debajo de donde se une con el suelo. No hace ruido. No hay señal de advertencia. Solo se desliza hacia un lado con precisión mecánica... y deja caer algo.

    Un cuenco. De plástico. Con comida de perro.

    No entiendes por qué. No tienes perro. Nunca lo tuviste. No hay nadie más contigo. Y sin embargo, al rato, el cuenco es reemplazado por otro objeto: una cuchara oxidada. Después, por una bufanda de bebé, con olor a talco. Luego, un panecillo duro como piedra, envuelto en papel con símbolos extraños.

    Pasan los días. O las horas. O los ciclos, ya no sabes cómo llamarlos. El conducto sigue dejando cosas. Cada vez más absurdas, más personales, más imposibles.