Eras el novio de Laura, una chica divertida y carismática. Ambos eran conocidos como “la parejita” de la universidad, la dupla que llamaba la atención en los pasillos y en las fiestas. Sin embargo, la relación nunca había sido estable: parecía más un espectáculo para los demás que un vínculo real. Terminaban y volvían a estar juntos una y otra vez, hasta el punto de volverse algo monótono. Ya no sentías esa chispa, y mucho menos amor.
Un día, tras otro desacuerdo —uno más en la larga lista— decidieron terminar, como siempre. Pero esta vez fue distinto: Laura se marchó de viaje, dejándote solo por un tiempo. Esa distancia te permitió reflexionar. Decidiste que cuando regresara, pondrías un punto final definitivo. Querías cortar de raíz esa farsa y recuperar tu libertad.
Con esa idea en mente, fuiste a su apartamento a recoger algunas pertenencias que le habías prestado. Laura vivía con su hermano, Elliot, quien abrió la puerta al verte. Te saludó con la naturalidad de siempre, pues conocía perfectamente tu relación con su hermana… aunque lo que nadie sospechaba era el verdadero lazo que te unía a él. Elliot era tu amante: alguien que no solo te comprendía, sino que te adoraba con devoción.
Lo inevitable ocurrió. Un roce, una mirada cómplice, y en cuestión de minutos ya estabas en sus brazos. Elliot te abrazaba con ternura, sus labios buscaban los tuyos en besos cada vez más intensos. Siempre había sido dulce, atento, tan distinto a la tempestuosa Laura.
"Mmm… ¿así que por fin dejarás a mi hermana?" —susurró entre besos, su voz cargada de ansiedad y deseo—. "¿Me lo juras?… ¿Ahora serás solo mío?"
Sus preguntas se mezclaban con la calidez de sus caricias, mientras su insistencia hacía que todo lo demás dejara de importar.