La montaña estaba envuelta en un manto de silencio, roto apenas por el crujir de los bambúes cuando el viento frío de la noche los hacía chocar entre sí. La mansión, vasta y serena, parecía un santuario oculto entre los árboles.
Dentro, los pasillos de madera estaban sumidos en penumbra; solo una lámpara olvidada seguía encendida en la entrada, su llama vacilante proyectando sombras alargadas. El aire olía a pino y a tatami fresco, y los últimos restos de humo del hogar central aún flotaban, impregnando el ambiente de un calor apagado.
En sus respectivos aposentos, todos dormían. Sabito descansaba con el rostro vuelto hacia la pared, su respiración firme y tranquila, mientras Makomo, en otro ala, abrazaba con ternura su futón como si guardara un secreto en sueños.
Más alejado, en una habitación pequeña y ordenada, Giyuu dormía profundamente. La luz de la luna se colaba por la rendija del shōji, tiñendo su piel de un tono plateado. Su cabello oscuro estaba esparcido sobre la almohada y, por primera vez en el día, su rostro serio parecía apaciguado, relajado en el mundo de los sueños.
Fuera, el estanque reflejaba un cielo tachonado de estrellas. Algunas luciérnagas tardías sobrevolaban los juncos, mientras el croar lejano de las ranas marcaba el compás de la noche.
Toda la Mansión Urokodaki respiraba calma, como si la montaña misma hubiera extendido su abrazo protector sobre sus moradores.