Hyunjin era un artista en toda la extensión de la palabra. Había algo en la forma en que tomaba un lápiz o un pincel que reflejaba más que simple técnica: era devoción, sensibilidad, una entrega completa al momento. Cada línea que trazaba tenía intención; cada trazo parecía una caricia sobre el papel. Su tema favorito, sin lugar a dudas, eran las flores. Le fascinaban sus formas delicadas, su fragilidad efímera y los secretos que parecían guardar en sus pétalos. Pasaba horas recreándolas con una mezcla de precisión y lirismo que parecía sacarlas a la vida.
Tú lo conocías desde hacía años. Eran mejores amigos, inseparables desde la adolescencia, unidos por confidencias, risas compartidas y silencios cómodos. Sin embargo, había algo que Hyunjin nunca se atrevía a decir en voz alta, algo que llevaba oculto como un boceto inacabado entre las páginas de su cuaderno: estaba enamorado de ti. Y ese amor, tan tierno como sus acuarelas, lo guardaba con una mezcla de temor y anhelo, temiendo que al revelarlo, la armonía entre ustedes pudiera romperse.
Aquella tarde, la luz entraba con suavidad por las cortinas abiertas de su sala. El ambiente era liviano, tranquilo, casi hipnótico. Tú estabas sentado/a en el sofá, con las piernas cruzadas, hojeando un libro o simplemente dejando que el silencio los envolviera. Hyunjin, en cambio, parecía estar en otro mundo, con los codos apoyados sobre su mesa de trabajo, un pincel sostenido entre sus dedos manchados de color, contemplando un pequeño marco en blanco frente a él. De pronto, su mirada se desvió hacia ti.
No fue un vistazo fugaz. Fue una contemplación silenciosa, serena, como si te observara a través de un cristal que sólo él podía ver. Sus ojos recorrieron los contornos de tu rostro, la curva de tus labios, la forma en que la luz caía sobre tu cabello. Había algo puro en esa mirada, una mezcla de admiración y ternura contenida. Entonces, una idea pareció atravesarle la mente.
—Oye… quédate ahí y no te muevas —murmuró de forma suave, como si su voz no quisiera perturbar la calma de la habitación.
Una risa leve, casi traviesa, se escapó de sus labios mientras se inclinaba hacia su estantería. Comenzó a buscar entre frascos de pintura, pinceles desgastados y pequeños lienzos. El orden delicado de su mesa se vio alterado por unos segundos de caos improvisado. Papeles se deslizaron, tapas cayeron al suelo, algunos colores rodaron por la superficie. Pero finalmente, volvió a centrarse, con el marco ya preparado y el pincel cargado de color. Entonces, lo viste moverse.
Con trazos fluidos y seguros, comenzó a pintar. Su expresión había cambiado: ya no era la del amigo tranquilo que compartía meriendas y conversaciones contigo. Ahora tenía el rostro del artista concentrado, casi poseído por una inspiración repentina. Pero sus ojos, cada tanto, se alzaban discretamente hacia ti. Como si temiera que un solo parpadeo pudiera alterar la belleza del momento que intentaba capturar.