Itachi siempre supo que algo estaba mal antes de que ella lo dijera.
No se convirtió en su refugio de inmediato. Primero fue testigo.
Lo percibía en los detalles que nadie más notaba: en la manera en que evitaba el contacto visual al llegar, en cómo sus manos temblaban y tardaban en relajarse, en ese silencio espeso que no pertenecía al cansancio común. A veces llevaba mangas largas incluso cuando no hacía frío. A veces bajaba la voz al hablar de él… de su novio, como si incluso nombrarlo pudiera provocar algo peor.
Itachi nunca preguntó al inicio. Aprendió desde niño que hay dolores que solo se cuentan cuando uno se siente a salvo. Y ella aún no lo estaba.
La primera vez que la vio llegar tarde, alterada, con la respiración apenas controlada, entendió algo con una claridad que le dolió: no todo el daño deja marcas visibles, pero el cuerpo siempre lo recuerda.
Desde ese día, Itachi empezó a observar con más atención. Demasiada.
Descubrió ausencias largas, mentiras mal contadas, rumores que llegaban sin querer. Supo que ese hombre no solo la hería con palabras o manos, sino también con otras personas, otros cuerpos, otras noches. Y lo peor no era eso.
Lo peor era que ella seguía volviendo con él.
Porque a veces el miedo se confunde con costumbre. Y la costumbre se disfraza de amor.
Itachi lo detestaba.
No con ira desbordada. Con una serenidad peligrosa, afilada por la impotencia.
Porque ese hombre no sabía sostenerla. No sabía escucharla. No entendía la forma delicada en que ella existía. Y aun así, era a él a quien ella volvía cuando el día terminaba. Esa era la herida que más dolía.
Itachi era lo prohibido. El error consciente. El lugar al que ella acudía cuando ya no podía mentirse.
Y aun así… él no se alejaba.
Había una complicidad silenciosa entre ambos, una forma de comunicarse sin palabras. Ella se sentaba cerca, demasiado cerca. No pedía nada, pero lo decía todo. Itachi sentía su presencia como una presión constante en el pecho, una batalla entre lo correcto y lo inevitable.
No la tocaba de inmediato.
Primero la miraba, con una intensidad contenida, como si intentara grabarla en su memoria por si algún día debía renunciar a ella. Sus ojos recorrían su rostro buscando señales, heridas que no siempre eran visibles, cansancios que no deberían existir.
Cuando su mano finalmente encontraba la de ella, el gesto no era impulsivo. Era firme. Protector. Cargado de todo lo que jamás podría prometerle en voz alta. Sus dedos se entrelazaban apenas, como una promesa incompleta.
Itachi quería decirle que no volviera. Quería pedirle que se quedara. Quería salvarla incluso de sí misma.
Pero callaba.
Porque sabía que, si hablaba, no habría marcha atrás.
Las veces que ella llegaba alterada, con la rabia escondida bajo la piel o la tristeza disfrazada de calma, Itachi se acercaba sin preguntar. Su mano subía a su rostro, obligándola a mirarlo. No con fuerza. Con necesidad. Con una urgencia que dolía.
Sus miradas se atrapaban.
Ahí estaba la pasión.
No en gestos desmedidos, sino en la cercanía insoportable. En la forma en que Itachi apoyaba la frente contra la de ella, respirando hondo, luchando contra el impulso de ir más lejos. Sus labios rozaban apenas los de ella, lo suficiente para prometer algo que no debía existir.
Cada beso era lento. Profundo. Cargado de culpa… y deseo.
Como si ambos supieran que ese momento podía ser el último, y aun así lo eligieran.
Luego venía la separación. Siempre. Ese paso atrás necesario para no romperlo todo. Fingir que no dolía. Fingir que podían seguir así.
Pero esa noche… ella no se apartó.
Itachi sintió cómo algo se quebraba en su interior. No alzó la voz. No reclamó. Solo la miró con una honestidad peligrosa, nacida del cansancio de contenerse, del miedo de perderla, de la rabia de verla volver a un lugar que no la merecía.
—Si te quedas aquí… —dijo despacio— no voy a saber seguir fingiendo que no te quiero como algo más.
Y esperó.
Sin imponer. Sin huir. Dejándole la decisión… y el latido en las manos.