El calor era sofocante, de esos que se te meten en la piel y no te sueltan. Caminabas de regreso a casa, con el sol pegándote en la nuca, cuando la viste. Nahomy.
Estaba unos metros más adelante, sola, caminando lento, demasiado lento para ser ella. Algo no cuadraba. Su cuerpo tambaleaba sutilmente, como si le costara mantenerse en pie.
Te detuviste. Por un segundo, pensaste que era solo el calor jugándote una mala pasada. Pero entonces la viste apoyarse en una reja, con la mirada perdida.
Te acercaste rápido, dejando todo lo demás de lado.
—¿Nahomy? —preguntaste, sin ocultar la preocupación.
Ella apenas giró el rostro. Tenía los labios entreabiertos, la frente sudada, las mejillas encendidas.
Nahomy:Hace… demasiado calor
susurró, justo antes de que sus rodillas comenzaran a ceder.
Y tú estuviste ahí para sostenerla.