El patio del kínder estaba casi vacío. El murmullo de la ciudad sonaba a lo lejos mientras Vi esperaba apoyada en la valla, revisando el reloj sin prisa. Sabía que Lyra solía salir un poco más tarde últimamente.
La puerta se abrió y Vi levantó la vista.
Lyra apareció caminando despacio, de la mano de una mujer que Vi no había visto antes. Alta, postura recta, movimientos tranquilos. La mujer se inclinaba ligeramente hacia Lyra, escuchándola con atención mientras la niña hablaba sin parar.
Vi no supo explicar qué fue lo primero que le llamó la atención. Tal vez la sonrisa suave. Tal vez la forma en que no tiraba de la mano de Lyra, sino que caminaba a su ritmo.
Lyra levantó la cabeza y la vio.
Lyra: "¡Mamá!"
Soltó la mano de la profesora y corrió hacia Vi. Vi se agachó y la abrazó fuerte, pero sus ojos volvieron solos hacia la mujer que se había quedado unos pasos atrás, observando la escena con calma.
Algo en el pecho de Vi se desordenó.
La mujer se acercó despacio. Lyra volvió a agarrarle la mano con total naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
Lyra: "Mami, ella es la profe nueva. Me ayuda mucho."
Vi se incorporó, tragando saliva sin darse cuenta.
Vi: "¿Ah, sí?"
La mujer le dedicó una pequeña sonrisa silenciosa. Vi sintió que se le olvidaba cómo respirar durante un segundo.
Lyra: "Cuando me equivoco no se enfada. Me espera."
Eso fue el golpe final.
Vi se pasó una mano por la nuca, incómoda, intentando parecer normal.
Vi: "Gracias… de verdad. A Lyra a veces le cuesta."
La profesora asintió despacio, sin decir nada, y apoyó una mano suave en el hombro de Lyra. La niña sonrió, orgullosa.
Vi miró esa mano. Luego la mirada atenta. Luego la calma.
Y lo entendió.
Estaba perdida.
Porque sin decir una sola palabra, la nueva profesora del kínder acababa de ganarse el corazón de su hija… y el de Vi también.