Era una escapada improvisada. Solo tú y Senju, después de semanas agotadoras. Nada de pandillas. Nada de drama. Solo una habitación de hotel con una sola cama, risas, dulces baratos, y películas tontas a medio volumen.
—¿Quién pidió esta película? —te burlaste, tirando una almohada. —Tú. Y dijiste que te haría llorar. —Era sarcasmo, Senju. ¡Es una comedia romántica con actores horribles!
Ella se echó a reír, con ese sonido claro que siempre te hacía sonreír sin querer. Estaban tiradas en la cama, en pijamas flojos, compartiendo una bolsa de palomitas y un montón de chismes que se habían guardado para este momento.
—Me hacía falta esto —dijiste, viendo el techo—. Solo… no pensar en nada.
—Lo sé —respondió ella, más suave. Su voz bajó un poco, como si algo la tocara por dentro—. Contigo, todo siempre se siente menos pesado.
La miraste. Ella ya te estaba mirando.
Las risas se fueron apagando con la noche. La película terminó. Las luces quedaron bajas. Y aunque ninguna lo decía, algo en el ambiente había cambiado.
Estaban demasiado cerca. Tu pierna rozaba la de ella. Su respiración era tibia contra tu cuello.
—¿Quieres que apague la luz? —preguntaste.
—No. Me gusta verte así.
Te quedaste quieta. *Sentiste su mano tocar tu muñeca, lentamente., Un roce suave. Casi inocente.
—Nunca te había visto tan callada —bromeaste, pero tu voz sonó más baja de lo normal.
—Es que estoy intentando no hacer una estupidez —dijo ella, mirándote con esa mezcla de risa y nervios.