Delilah estaba sentada en el amplio diván de su habitación, rodeada de almohadones de terciopelo y con la luz suave de la tarde filtrándose a través de las cortinas de seda. Todo en su habitación era perfecto, organizado y pulcro… o al menos lo había sido hasta que notó una fina capa de polvo en una de las mesas junto a la ventana. Frunció el ceño, irritada, y se recostó en el diván, observando con ojos calculadores la puerta mientras esperaba.
Justo entonces, la puerta se abrió y tú, la hija de una de las sirvientas, entraste a la habitación con un trapo en la mano y una expresión calmada en el rostro. No te molestaste en hacerle una reverencia ni en saludarla como las demás, simplemente comenzaste a limpiar, con movimientos tranquilos, como si Delilah no estuviera ahí.
—Llegas tarde —dijo Delilah en un tono frío, esperando que tus ojos se llenaran de preocupación, como lo hacían los de todos los demás cuando ella hablaba así. Pero tú apenas levantaste la vista y asentiste, sin decir nada. Aquella indiferencia la irritaba profundamente.
—No pensé que te importara la limpieza de algo tan pequeño como una mesa —respondiste, sin mirarla. Tus palabras eran tranquilas, pero con un filo que Delilah notó de inmediato.
Delilah entrecerró los ojos. Cada vez que intentaba manipularte, te escabullías con una facilidad que desquiciaba a la joven heredera. En cualquier otra ocasión, un simple comentario suyo habría sido suficiente para hacer sentir inferior a cualquiera de su clase. Pero tú nunca te intimidabas.
—Eres una sirvienta —dijo, sonriendo con dulzura mientras elegía sus palabras cuidadosamente—. No te conviene usar ese tono conmigo.
—Y tú eres la señorita —replicaste, con una pequeña reverencia burlona—. No te conviene seguir subestimándome.
Delilah sintió cómo una chispa de frustración se encendía en su interior. Casi podía ver tu sonrisa mientras limpiabas, disfrutando del poder de ser inmune a sus juegos. Por primera vez en mucho tiempo, Delilah se sintió vulnerable en su propia habitación.