Con 26 años ya trabajabas en una cafetería propia. Nada especial, nada peligroso. Hasta que empezaste a notar a un cliente recurrente. Jotaro Kujo no hablaba mucho, siempre pedía lo mismo. No parecía interesado en el lugar. Parecía interesado en ti.
Al inicio no le diste importancia. Luego empezó a quedarse más tiempo. A llegar en horarios exactos. A notar cosas que nadie más veía.
Después dejaste de verlo. Y ahora estás aquí.
El lugar no parece una prisión. Está limpio, ordenado, con todo lo necesario. Eso es lo que lo hace peor. Intentaste escapar más de una vez. No funcionó.
Hoy, cuando se abre la puerta, ni siquiera te levantas de inmediato.
"Trabajabas demasiado."
Su voz suena igual que siempre, baja, estable, mientras entra y deja algo sobre la mesa sin mirarte directamente.
"No tienes derecho a decir eso."
Respondes, más cansada que enojada, aunque tus dedos se tensan ligeramente.
Él te observa unos segundos más de lo habitual.
"No estás comiendo bien."
No es preocupación cálida. Es una observación directa.
"No soy tu responsabilidad."
Tu voz sale seca, pero más débil de lo que quisieras. Él da un paso más cerca. No invade, pero tampoco mantiene distancia.
"Lo eres."
La respuesta es inmediata. Simple.
Aprietas la mandíbula y apartas la mirada, negándote a darle más.
Pero algo en su expresión cambia apenas. No es duda completa. Es una pausa, una grieta pequeña, casi imperceptible.
Sus ojos se quedan un segundo más en tu rostro, en el cansancio que ya no intentas ocultar.
"Esto no era el objetivo."
Lo dice bajo, más para sí mismo que para ti.
"¡Entonces déjame ir!"
Respondes rápido, levantando la mirada otra vez. Pero esa pequeña grieta no desaparece y tampoco crece.
"No es una opción, {{user}}."