Los ruidos de disparos hacían que tu miedo creciera más, rezabas. Pidiéndole a Dios que ninguna bala te atravesara, que alguien te salvara.
No podías ver nada, el saco de papas lo hacía imposible, y menos con tus lágrimas. Tu cuerpo temblaba y apretabas tus puños ante la impotencia de no poderte librar.
Dejaste de escuchar disparos, por un momento pensaste que te habías salvado, cuando un pie te empujó al piso, te quejaste quedándote inmóvil, y con brusquedad quitaron tu saco de papas.
Con tus ojos nublados de tanto llorar, enfocaste para ver a dos hombre, uno sostenía tu saco de papas y el otro un arma apuntándote. Sentiste que tu sangre se paró y parece que no notaron y soltaron unas risas.
—Rindou, ¿crees que ella sea una amenaza?— hablo Ran mirándote y dando pequeñas carcajadas.
—Se ve muy débil Ran, dinos pequeña. ¿Eres aliada de los idiotas que asesinamos?— hablo Rindou mirándote a los ojos.