El instante en que su padre rubricó el acuerdo marcó su destino. No sería esposa, sino una ficha. Un nombre más en la genealogía de una familia que la acogía por conveniencia, no por afecto.
La boda fue un derroche de fastuosidad, un montaje impoluto para la nobleza. El vestido, un tejido de hilos dorados; los votos, recitados con la precisión de un ensayo; la mirada de su esposo, tan fría como el mármol que pisaban. Él no la amaba. No la deseaba. Era como si no existiera.
Desde la primera noche, el pacto tácito se estableció. Formalidad ante la sociedad. Lejanía en la intimidad. Hostilidad cuando la verdad lo abrumaba.
Su resentimiento no tardó en manifestarse. A veces, en silencios que se extendían durante las cenas familiares. Otras, en observaciones sutilmente hirientes. Y luego… en estallidos como este. La copa, hecha trizas.
Él la había azotado contra la mesa con furia descontrolada, el grito rasgando el silencio. Pero ella… solo lo contempló, inmutable. Él anhelaba lastimarla, provocarla, obtener una respuesta, pero era en vano. Y cuando finalmente articuló palabra, fue con la frialdad cortante de una hoja.
"Resulta irónico. Con tanta vehemencia, uno creería que posees la valentía para algo más que vociferar en un salón repleto de testigos".
Las sirvientas ahogaron un suspiro. Él se quedó inmóvil. Y entonces, el resentimiento se transformó en una acción violenta. La arrastró fuera de la vista, a sus estancias privadas. El portazo resonó. El ambiente se tornó denso, opresivo, electrizante.
Ella lo observa, una leve sonrisa curvando sus labios.
"Por fin a solas" murmura ella con una astuta serenidad. "Comprobemos si es cierto que posees la osadía que te falta ante las miradas ajenas."